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¡Santa Mandra del migdia!

¡Santa Mandra del migdia!

Desde que se publicó Mô, el disco-vida de Joan Manuel Serrat que lleva por nombre el de la capital de la isla de Menorca – todo un mensaje-, me ha acompañado casi a todas partes. Lo llevo en el bolso al trabajo, en el coche, está en mi reproductor de mp3 como un pensamiento pegado a mi oreja, y me asalta fragmentariamente de pronto en casi cualquier circunstancia, sin importarle lo que esté haciendo ni con quién esté.

 

“Blanca de calç, mirant al nord,/ sol matitiner li encén el rostre / i Mô s´enfila des del port / pels antics camins de ses costes”. Y ya está. La magia nace en acordes que encierran el Mediterráneo, con su luz estallante y sus melancolías viajeras. Como siempre la galería de personajes de Serrat es próxima y carnal y cuando alguno de ellos evoluciona de verso en verso, de nota en nota, es como si lo hiciera nuestro primo, nuestro amigo de siempre, de más que desde siempre, o nosotros mismos, siempre que seamos generosos amantes y buena gente y un poco socarrones.

 

Cuántas secuencias y cuantos tiempos que son enteramente también nuestros. Como  la fiesta del azahar en abril y el desparrame de los sentidos. O el dolor del abandono amoroso en la dura umbría del cemento de la ciudad, a pesar del mar. O la añoranza del amigo ido. O el amante preocupado y protector, vida con vida la suya y la de persona amada. O esa lluvia que irremediablemente cae a veces sobre el corazón … y prou.

 

Y la ¡Santa Mandra del migdia! … qué evocación de cualquier rincón del estío mediterráneo, nuestros ojos y nuestra cabeza entornados, mientras pasan las nubes quemadas por el sol. Como este julio en el que vivimos hoy. Porque aunque la música no tiene tiempo ni estación, evidentemente, este Mô quizás sea más disco de verano, de tiempo lento y sombras pequeñas.

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