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Viajar... con una silla de ruedas - Por Inmaculada Rincón

Siempre me gustó viajar. Soy diplomada en Turismo y conocer nuevos lugares, nuevas culturas y nuevos lenguajes es lo que siempre me gustó. Desde que nació mi hijo, lo he tenido bastante difícil puesto que tiene parálisis cerebral y sus problemas de movilidad y de alimentación han sido siempre un obstáculo para poder viajar, pero hace dos  veranos, después de cinco años sin poder hacerlo, quisimos hacer un viaje y cambiar un poco la rutina diaria. No es fácil. Queríamos ir a Tenerife y sabíamos que coger un avión con mi hijo era complicado. Lo cierto es que en la agencia de viajes no tuvimos grandes problemas. Nos trataron muy bien e intentaron en todo momento buscarnos algo que tuviera facilidades de acceso. En un principio no quisimos coger una habitación adaptada porque pensamos  ir a un apartahotel para tener la posibilidad de poder hacer algo de comida triturada, si mi hijo no quería la comida triturada del restaurante.

Pedimos una habitación grande sin más, en la que pudieramos manejarnos con la silla del niño sin problemas y en la que pudiéramos estar tranquilos y cómodos. Lo cierto es que llegué incluso a llamar al hotel para preguntarles personalmente por la habitación y entré en la página web que se supone enseñaba las habitaciones más grandes de que disponían y que según la recepción del hotel habían sido ya utilizadas por gente con discapacidad motórica. Lo menos complicado fue el viaje en avión, a pesar de lo que habíamos pensado, aunque tampoco es que estuvieran preparados para viajar con un niño con parálisis cerebral. Mi hijo no consigue mantenerse sentado por sí mismo, con lo cual, no podía ir sentado en un asiento normal, así que lo único que nos dieron fue un cinturón como el que les ponen a los bebés cuando los llevas encima. Pero no es lo mismo un bebé de 5 ó 6 meses que un niño de 5 años, porque entre lo que se mueve y lo grande que es lo cierto es que el viaje fue bastante incómodo, pero nos teníamos que adaptar a lo que había en ese momento. Nos ofrecieron incluso dejarnos una silla de ruedas si facturábamos la silla de mi hijo y la metíamos con las maletas pero evidentemente no puedo sentar a mi hijo en una silla de ruedas normal y corriente porque necesita una serie de accesorios para ir bien sentado. Lo cierto es que le dejaron ir en su silla hasta el momento del embarque y luego una vez llegamos al destino, sacaron la silla por una puerta por donde sacaban las  maletas.

Pero nuestro calvario no había hecho más que empezar. Cuando llegamos al hotel eran las dos y pico de la madrugada y entre lo cansados que estábamos y la hora que eran no nos fijamos mucho en las instalaciones del hotel, pero al llegar a la habitación nos dio bastante mala impresión con tan sólo abrir la puerta. Había un pasillo estrecho por el que apenas cabía la silla de mi hijo y en el lado izquierdo del pasillo estaba el baño, bastante viejo y pequeño. Al final del pasillo había una especie de salón comedor con unos muebles viejos y con mucho impedimento para pasar. Era imposible entrar más allá del pasillo con la silla. A mano izquierda estaba lo que intentaba ser la cocina. Yo he estado en otros apartahoteles y aunque las cocinas no suelen ser un lujo,  al menos las cosas que hay no están en mal estado y algo se puede cocinar. En esta cocina todo estaba oxidado y descuidado y justo en un hueco pequeño había una mesa con cuatro sillas delante. Al lado de la “cocina” se abría una puerta para entrar en la habitación de dos camas. Una habitación que era tan pequeña que pasabas rozando la pared y el pie de las camas con lo cual imposible intentar meter la silla por ningún lado. Esta habitación tenía una puerta que daba a una terraza,  que era –eso sí- más grande que toda la habitación entera y a su vez podías también salir por el salón comedor, que tenía una mesa también delante de lo que era el sofá cama y otro mueble en el que estaba la televisión, que tampoco hacían nada fácil el acceso a la terraza. Después de contemplar aquello se te viene el mundo encima, porque yo no se que se piensa la gente que es tener que viajar con una silla de ruedas o con alguien con movilidad reducida, pero desde luego aquello no estaba preparado para nuestras necesidades.  Después de dormir a mi hijo salimos a hablar a la terraza mi marido y yo, y cual fue mi sorpresa al descubrir que había unos habitantes inesperados en la terraza:  ¡¡cucarachas!!  Aquello sobrepasó mi paciencia y le dije a mi marido que yo no estaba dispuesta a permanecer allí durante una semana, sin poder moverme y encima conviviendo con esos bichos. Así que quedamos de acuerdo en llamar a la agencia de viajes por la mañana y pedirle que nos cambiara de hotel, o si no nos volvíamos a casa. Conseguí dormir un poco cerca de las cuatro de la mañana y de pronto me desperté con un susto de muerte. Una música espantosa salía de la habitación de al lado y mi mala leche comenzó a emerger. Me puse algo de ropa y bajé a recepción a quejarme porque aquello era ya lo que me faltaba. Subí con el guardia jurado del hotel y menos mal que hizo callar a aquellos alemanes que estaban de marcha porque yo ya no sabía que hacer. No dormimos más en toda la noche ninguno de los dos. Menos mal que mi hijo estaba tan cansado que no se enteró de nada y consiguió dormir.

 A la mañana siguiente la agencia de viajes nos consiguió una habitación adaptada en otra parte de la isla, cosa que no le fue fácil porque estaban llenos todos los hoteles ya que era el mes de agosto, pero a mi me daba igual ya todo con tal de no estar ni un minuto más en aquel horrible hotel. La segunda parte de nuestro viaje fue completamente diferente, es decir, el segundo hotel sí estaba preparado para personas con movilidad reducida. La habitación era muy amplia, podías pasar con mi hijo hasta la terraza sin problemas y el baño era enorme y con ducha adaptada. Lo cierto es que me alegré de encontrar lo que buscaba porque pudimos disfrutar de una semana de tranquilidad. 

Con todo esto que acabo de contar, quería poner un ejemplo de lo que puede pasar cuando viajas de una manera que no es la habitual. No hay que perder la esperanza de poder viajar. Lo que hay que hacer es intentar buscar los lugares adecuados, y no fiarte de nada por mucho que te digan que puedes usar una silla de ruedas en un sitio. Realmente hasta que no lo ves no sabes si vas a poder hacerlo o no, porque la gente que no tiene este tipo de dificultades no sabe lo que es y lo que conlleva y lo fácil que es si las cosas están bien preparadas. Ahora se que puedo viajar con mi hijo, que es difícil, ya lo sé, pero muchas cosas son y serán difíciles con él durante toda su vida y no por ello hay que pensar que es imposible hacerlas. Animo a todas esas personas que no se atreven a salir de sus casas a que busquen la información adecuada, que exijan sus necesidades siempre que puedan hacerlo y que sepan que siempre hay gente maravillosa que te ayuda y te comprende aunque también haya quien presos de la ignorancia desconozcan que pueden poner su granito de arena para que todo sea más fácil. Peor para ellos.

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