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Días de playa y horas - 2/ Territorio Mítico

Días de playa y horas - 2/ Territorio Mítico

Es un tópico, ciertamente, hablar del tiempo mítico de los veranos de la niñez. Verano azul* (con perdón). Y por eso mismo me andaba reprimiendo e intentaba escapar de esta tentación que desde hace días me persigue impeliéndome a recordar los interminables días de aquellos veranos, vida a manos llenas. Pero hoy, durante la indolente hora de la siesta – ¡santa mandra del migdia!, chillonas voces infantiles estallaban jubilosas en la lejanía de la modorra contra el claroscuro entornado de mi semiinconsciencia. Y ya no he podido resistirme.

 

Todos sabemos que en la infancia los días de verano duran cuatro veces más que en la vida adulta. De niños, el horizonte del fin de verano está siempre lejano y da tiempo de hartarse de horas y horas propias por entero. Tanto que al empezar  septiembre una, por ejemplo, podía incluso sentir cierto apetecimiento por el comienzo del curso escolar, que siempre venía con olores, tan nostálgicos como prometedores, del papel recién tintado de los libros nuevos o del plástico de las carteras y los estuches de lápices. Hasta ese momento, cada día había sido  una promesa completamente virgen de aventura y descubrimiento desorganizado, que pellizcaba nuestra curiosidad con gozosa alegría e impaciencia por la exploración de territorios que todos los años aparecían como nuevos, renovándose a nuestro mismo ritmo de crecimiento personal.

  

Oyendo como desde muy lejos las voces de los niños vecinos, esta tarde he reconocido las más lejanas voces de mis compañeros de juegos a la misma hora de la siesta, ansiosas por terminar con el silencio y el descanso que imponían los adultos, bulliciosas por las calles de la ciudad que en aquellos tiempos de la memoria todavía podían ser recorridas sin tutela. Los niños de ciudad, hijos de asalariados, pasábamos buena parte del verano en esas calles –con el breve intervalo del viaje a los pueblos paterno y materno, mayormente al materno-, a las que hacíamos escenario de cuántas historias y juegos se nos ocurrían.

 

Todo solía comenzar en la noche de San Juan, en los días anteriores, con la peregrinación de puerta en puerta que hacíamos los chicos y chicas, divididos en estratégicos grupos, en busca de muebles viejos o cualquier tipo de madera o leña con las que se pudieran armar las hogueras de la mágica noche. En mi barrio éstas se prendían en una gran explanada sin construcciones que quedaba justo en frente de mi edificio, al otro lado de la avenida. La tira de petardos valía una peseta. La cena se hacía con las ventanas abiertas, dejando que penetrase en la casa el olor a pólvora y la música callejera. El verano había empezado. Las aventuras estivales daban comienzo.

 

Una de las misiones más apetecida era explorar la casa de la bruja, situada en la parte de atrás de la manzana de edificios en la que habitábamos casi todos los críos y crías de aquellos veranos, y nuestra exploración, pertrechados de palos, espadas (palos más sofisticados), sombreros, pócimas mágicas que fabricábamos con regalices y sidrales y guardábamos en frasquitos de colonia, llegaba hasta rincones realmente peligrosos en aquella casa en ruinas.  Otro reto era atravesar la avenida por el subterráneo de la estación de metro, lo que nos permitía ampliar así nuestro territorio sin violar la orden de adulta de no cruzar la calle. En ese mismo subterráneo del metro erigíamos campamentos de exploradores a base de apuntalar nuestros impermeables, que sacábamos de casa a escondidas, junto a cartones (y nadie, cuando pasaba por delante, decía nada). Las niñas jugábamos a la “goma”, pero también participábamos con los chicos en largas y enconadas batallas de agua (los de la parte baja de la calle contra los de la parte alta): ¡el agua la recogíamos en tiendas y locales, cuyos dueños y dependientes nos la suministraban sin rechistar!. Y ya a punto de finalizar la jornada, casi todos los días, empezaba la competición del salto de pelota que había que botar contra la fachada de uno de los edificios a un altura cada vez mayor –conseguimos algunos que la pelota superara ampliamente la altura del primer piso y saltar sobre ella limpiamente cuando caía al suelo.

 

También había tardes melancólicas de lluvia y de tormenta. Para esas estaban los libros y los programas infantiles a partir de las seis.

 

Es indudable que los días de playa, de montaña o de viaje del verano adulto contienen buena parte del territorio mítico perdido de la niñez. Año tras año representamos la renovada recuperación de libertad de antaño, formulamos con fe el conjuro que nos devolverá al tiempo sin tiempo de entonces, invocamos la pausa que nos situará frente a un espejo en el que siempre nos reconoceremos.

  

            *”Verano azul” es el título de una famosísima serie española de tono familiar y algo melodramática, que cuenta las aventuras y desventuras de una panda de críos durante un verano en la costa del sur de España. Se estrenó hace unos treinta años, creo. Es la serie que más veces se ha repuesto en televisión en España. La dirigió Antonio Mercero, como todo el mundo en este país sabe.

*La fotografía retrata un rincón tranquilo de las playas de Cambrils (Tarragona)

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