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pandeoro

Pequeña travesía del Canal


            Ayer quedamos un rato con José Antonio Melendo. Bueno, la cita, creo fue con más gente en principio. Pero al final estuvimos así, en pequeño comité. Lo pasamos bien, mientras la ciudad se tendía en su primer fin de semana invernal. Cambio de ritmo. Con José Antonio descubrimos un territorio urbano (o semi-urbano) común: las orillas del Canal Imperial, en ese tramo en que se constituye frontera entre los barrios de San José y Torrero. Mis caminados barrios de la infancia y la adolescencia. De regreso a casa, recordé un texto que compuse hace ya tiempo para El Cronista de la Red. Hizo unas hermosas fotos Miguel Angel Latorre. He querido subirlo ahora aquí, y dedicárselo pues a José Antonio, otro magnífico fotógrafo.



Se puede empezar por aquí…

a pasear... o por cualquier otro de los parajes que recorre y construye el Canal Imperial de Aragón. Pero este tramo de la ciudad de Zaragoza, entre el Paseo de Renovales y la Quinta Julieta, es del que puedo y quiero hablar hoy, que es todo ya tan distinto.

Nunca hubo aguas azules, sino barro. La realidad es terca. A lo largo de una de las orillas crecieron en tiempos las villas estivales de recreo. En la otra, muchos años más tarde se instalaron las chabolas donde malvivían los gitanos. Ya no quedan ni unas ni otras. Queda el barro, ciertamente, y el porvenir.



Colores de la Infancia

Burbujas en la superficie del agua densa - durante las largas tardes de verano, la inmensa tormenta y de repente el sol azuzando las ramas de los árboles sobre el cauce del Canal: orillas anaranjadas para los niños voraces y para los juegos de niños, y orillas reverdecidas de repente para los interrogantes de los niños. Una larga y quieta mirada podía cambiar el color del cielo y del paisaje miles de veces cada día. La mirada era siempre azul.

La ciudad estaba lejos. Los aledaños del Canal eran territorio esencialmente infantil: calles semi-rurales todavía y campos casi selváticos donde a menudo nacían y morían los animales y las flores, historias y aventuras e infinidad de emociones y temores. Alguna vez la ciudad dejó de golpe boca abajo sus ahogados en las aguas. Pero entonces no sabíamos.

Años 60.



Verbos de la Adolescencia

Por encima de todo sentir y sentirse en cada fragmento de tiempo y de mundo: i-d-e-n-t-i-f-i-c-arse obsesivamente, una y otra vez la misma piedra, dando vueltas delante del mismo banco, mientras las cáscaras de pipas chisporrotean sobre el enlosado. Por aquel entonces descubrimos... cuántas cosas...y amamos ...con cuánta desesperación, e interminablemente hablábamos y hablábamos, en tanto a nuestro lado las aguas se llenaban de limo, y las largas tardes de verano terminaban en un prolongado paseo al final del cual se acababa el mundo todos los días. Ya ves.

Años 70.



Historias de Juventud

Una es aquella historia de todos los días: el camino que lleva hasta la Universidad, el cine, las librerías, los bares, las calles de la ciudad. De pronto las orillas del canal hienden la piel de la ciudad, se extienden por la ciudad. Es primavera.

Otra es la historia de cuando a las viejas casonas ya abandonadas llegaron la miseria y la jeringuilla, y algunos de los rostros de la infancia se hundieron bajo el agua estancada y el limo.

Esta en concreto tiene fecha: 24 de febrero de 1981; junto al canal ausente y tranquilo, el patio del Gobierno Militar aparece repleto de vehículos con coraza. Pero están dentro.

También podría ser la de aquella vez que el amor llegó de la ciudad y se instaló de noche entre las cañas. El agua amarilla fluyó contra las calles como un arco iris . Yo lo vi. Y muchos otros. Y no fue en vano.

Anos 80, por supuesto.



¿Y qué pasa ahora?

Pasa el tiempo, no hay duda. Primero transcurrió con abandono, para alcanzar por fin una casi ruina intolerable, aunque impasible. Luego ha ido llegando la transformación y la edad. Un paisaje urbano se ha instalado con pretensión definitiva. Tampoco está mal.

Se ha quedado la ciudad. No del todo sin embargo. Orillas salvajes irrumpen a trechos en las aceras y en las calzadas, y una nueva fauna - también humana- está empeñada en preservar cierto antiguo tono y ciertas formas amables de la decadencia. ¿Por qué no?


 

 

 

                      Este texto puede verse también en una versión "html" en El Cronista de la Red, versión 2.0

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8 comentarios

Luisa -

Gracias, Jio. Me gusta que te guste. Fue un texto construido de una manera bastante impresionista (tiempo paralelo al del modernismo, como bien dices).

jio -

un reflejo del tiempo modernista, aunque su fluir por el canal no necesita adjetivos, unido a la evocación de un capturador de instantes. me encanta la mezcla añeja de este post sin la necesidad de su conjugación.

Luisa -

Los territorios de la infancia y de la adolescencia guardan para cada uno de nosotros el sabor del mito. Pero también la calidez entrañable de la nostalgia. Muchas veces, Fernando, hemos hablado de esas orillas del Canal...

Juana, cómo me alegra compartir también contigo las vivencias en torno a este pedazo de nuestra ciudad. CAda vez que vuelvo por ahí, y ahora paso de nuevo a menudo, recupero un poco de mi misma. Un beso para ti y otro para Rolando. Y gracias por venir a estas páginas.

Gracias, Marisa. Hablamos entonces mucho de este texto. Y tienes razón, yo creo que el Canal Imperial es un poco referente para todos los habitantes de esta ciudad. Un beso.

Luisa -

Gracias a ti, José Antonio. Un beso.

josé antonio -

Muchísimas gracias Luisa, por la fantástica velada, por esos adjetivos que creo no merecer, y por esos detalles como el presente.

Juana -

Para mí también es presente, día a día, a veces, en mi camino diario a la universidad, lo veo precioso con los tonos ocres en los plataneros y la alfombra de hojas caídas, o tan peladas las ramas por el frío invierno, que hasta los patos esconden la cabeza bajo sus alas para no ver la porquería y frialdad que les acompaña. Pero todos los días son nuevos, todos los momentos y, a pesar de los pesares es un paseo fuera del tiempo, desde la “Quinta Julieta”, hasta la zona de Casablanca por la “Fuente de los Incrédulos” (increíble nombre) y mucho más allá, … Gracias por tus crónicas y las fotos, nos regalas aire fresco, a pesar de la niebla. Besos. Juana.

Marisa -

Ya no me acordaba de lo que me había gustado en su día este texto, no sólo a mí, claro. Y es que esa serpiente de agua que recorre un tramo de la ciudad forma parte de nuestros recuerdos, aunque no hayamos vivido cerca.
Besitos

Fernando -

El canal guarda para mí trozos sin borrar de mi infancia y juventud primera...días de soledad y pesca, amigos que nunca más he visto...pero me reserva siempre una lluvia de ensimismados pensamientos, el reflejo turbio del agua y la candidez de un mundo imposible...donde va esa agua y su silencio?...utopías de hombres que buscan lejanos horizontes...
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