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Damián Forment, personaje de Pan de Oro

Damián Forment, personaje de Pan de Oro

En "Pan de Oro" Damián Forment es un personaje literario. Pero como todos los personajes que desfilan, con mayor o menor recorrido en la novela, tiene su espejo en la historia en el que se mira el Forment novelesco. El espejo histórico de Damián Forment es, más o menos, el que se cuenta en el texto siguiente, que hice para  las páginas virtuales de El Cronista de la Red, desde donde lo rescato.

Este fué á mi entender uno de los mayores Escultores que tuvo España en aquella edad de la resurrecion de las bellas Artes. Qualquiera que mire con inteligencia, y reflexîon la obra referida, conocerá esta verdad;" (Antonio Ponz, "Viage de España", 1788, tomo XV, carta primera, 48)  

 La "obra referida" por el viajero dieciochesco, Antonio Ponz, es el magnífico retablo mayor de Santa María del Pilar en Zaragoza, y el gran escultor, considerado uno de los mayores del Renacimiento español, fue Damián Forment, que contrató su ejecución el 1 de mayo de 1509. Todavía no está del todo claro por qué los canónigos del Pilar prefirieron un artista foráneo, desplazado expresamente desde Valencia, su ciudad natal, antes que a todo un escultor real, como Gil Morlanes el Viejo, quien en un principio parecía que se iba a hacer con el encargo, en compañía del imaginero Juan de Palacios y del entallador Juan de Segura. Los últimos datos apuntan a la posible relación entre el cabildo y Damián Forment, a través del clero de la localidad bajo aragonesa de Molinos, de donde parece era oriundo el padre del artista, y también imaginero, Pablo Forment.

     Sea como fuere, lo cierto es que a partir de entonces, Damián Forment, que tendría alrededor de treinta años, fijó su residencia en Aragón, primero de forma provisional, luego ya definitivamente. No había nacido en Aragón. Lo hizo en Valencia hacia 1480. Tampoco moriría en Aragón. Quedó sepultado en Santo Domingo de la Calzada, donde falleció en diciembre de 1540. Pero la mitad de su vida, y la mayor parte de su labor profesional, las llevó a cabo en territorios del reino aragonés. Aunque también es indudable que, si hay un escultor de la Corona de Aragón, ése fue Forment, que trabajó en Valencia, en Cataluña y en Aragón, y alguno de cuyos discípulos, como Juan de Salas, dejó su huella en Mallorca.

     Forment se instala en Zaragoza, al principio, en unas casas próximas a la Iglesia de Santa María del Pilar, que le había cedido el cabildo, y que albergaban no sólo la vivienda, sino también el obrador donde el escultor y su taller construían el retablo mayor del templo. Terminado éste, en 1518, Forment busca aposento en la calle de San Blas, en la parroquia de San Pablo y hacia 1520 comienza a considerarse ya "vecino de Zaragoza". Conserva, no obstante, su casa de la calle de San Vicente, en Valencia. En esta ciudad había radicado el taller familiar, encabezado por su padre, Pablo Forment, y en el que también trabajaba su hemano mayor, Onofre. Seguramente su condición de segundón, que le obligaba a crear un obrador propio o a seguir trabajando a la sombra de su hermano, influyó en la decisión de trasladarse a Zaragoza al año siguiente de la muerte de su padre. Curiosamente, será sin embargo Onofre Forment quien aparezca posteriormente en Zaragoza, colaborando en las obras de Damián. Igualmente otros miembros de la familia, incluída la madre del escultor, Beatriz Ferrer, (que en algunos documentos aparece con el apellido Cabot) se encuentran reseñados en la diplomática aragonesa conocida, unos instalados definitivamente en la ciudad, otros temporalmente.

     El taller de Forment, si bien el más numeroso de Aragón en su tiempo, en cuanto a aprendices y colaboradores, constituyó una empresa artesanal fuertemente enraizada en el ámbito familiar. Claro ejemplo de ello es el papel desempeñado por su mujer Jerónima Alboreda. Se casaron en Valencia el 13 de septiembre de 1499, y tuvieron cuatro hijas: Úrsula, Magdalena, Isabel y Esperanza. Pero Jerónima no fue sólo la mujer del escultor Forment sin más. Da la sensación de que era ella quien organizaba los asuntos administrativos de toda la casa, incluido el taller. Existe documentación en la que la mujer de Forment firma recibos por obras de su marido, e incluso en una ocasión llegó a contratar ella misma un retablo, el mayor de la iglesia parroquial de la localidad zaragozana de Velilla de Ebro. El joven escultor Forment rindió homenaje a su esposa, perpetuando su efigie, junto a la suya propia, en el pie del retablo mayor del Pilar.

El obrador de Damián Forment fue sin duda el más importante de los dedicados al arte mueble en el ámbito aragonés en la primera mitad del siglo XVI. Y eso teniendo en cuenta la enorme importancia alcanzada por la escultura aragonesa en esos momentos del Renacimiento penínsular. Fue una auténtica empresa de producción escultórica. Hasta la fecha se han documentado más de 30 obras realizadas en él, de las cuales más de 25 son retablos, y de éstos, 12, retablos mayores. Algunos tan señalados, decisivos para evolución estilística del Renacimiento en la Corona de Aragón, y laboriosos, como el citado mayor del Pilar, el mayor de la Catedral de Huesca o el mayor del Monasterio de Poblet. Además el taller de Forment recibió encargos para sepulcros y lápidas funerarias, diversas figuras de pequeño tamaño, relieves, y confeccionó dibujos y trazas para proyectos artísticos propios y ajenos.

     Era tal la carga de trabajo de Forment que hubo de mantener su obrador dividido en dos núcleos, el de Zaragoza y el de Huesca, mientras duró la realización del retablo mayor de la catedral oscense. Y llegaron a ser tres las ubicaciones del taller, entre 1527 y 1530, cuando organizó en la localidad tarraconense de Montblanc el taller que llevaría a cabo el retablo mayor del Monasterio de Poblet. Es posible que la actividad de éste último núcleo se prolongara durante más tiempo realizando algunas otras obras en Tarragona y Lérida que hasta ahora no ha sido documentadas, pero que cuentan con estudios analíticos que así parece indicarlo. Además, precisamente la ingente actividad desplegada por el obrador formentiano en esos momentos, le ocasionó al escultor un espinoso pleito con el Monasterio cisterciense de Poblet, cuyos monjes no estuvieron de acuerdo ni con el desarrollo ni con el resultado de los trabajos: se quejaron de la mala calidad del alabastro, de las prolongadas ausencias del maestro durante las obras, y de las medidas del retablo. Por todo ello dejaron sin efectuar el último pago, originándose el larguísimo pleito que se inició en 1535 y se prolongó, más allá de la fecha de fallecimiento del escultor, hasta 1570. No era la primera vez que Forment tenía que pelear con los encargantes de uno de sus trabajos: lo había hecho ya, junto a su hermano Onofre, contra los plateros valencianos a causa de las desavenencias entre ambas partes respecto a un retablo realizado por los Forment para la capilla gremial.

     Esta gran capacidad de trabajo se debió en buena parte al elevado número de aprendices y oficiales con que, como ya hemos dicho, contó el taller, convirtiéndose en un auténtico centro de formación, que atrajo a individuos de muy diversas procedencias: La Rioja, País Vasco, Castilla, Cataluña, Valencia, Francia, Países Bajos, etc. La fama del obrador de Forment como lugar de aprendizaje debió alcanzar tal relevancia que el mismísimo escultor Felipe Bigarny envió a su hijo, Gregorio Pardo, desde Castilla. Siguiendo la documentación alusiva, las investigaciones han dado con más de treinta nombres relacionados con el taller formentiano a lo largo de las tres décadas de su actividad en tierras aragonesas. Ésto, frente a los diez o doce, que como media suele ser normal, para aproximadamente el mismo periodo de tiempo, en algunos de los otros talleres más importantes del momento, como el de Juan de Moreto o Gabriel Joly. Dada la intensa y, a menudo dispersa, actividad desplegada por Forment, éste necesitó sin lugar a dudas de hombres de su confianza. Por eso algunos de los integrantes del obrador pertenecerán a él durante mucho tiempo. Nicolás de Urliens fue "criado" de Damián Forment más de veinticinco años, y Miguel de Peñaranda casi veinte.

     La enseñanza de las profesiones de imaginero y mazonero que se impartía en los obradores de la época era eminentemente práctica, según una tradición que se remonta al modo de hacer medieval. Sin embargo, Forment se distinguió también por adiestrar a sus discípulos en el dibujo, disciplina que en el Renacimiento tiene una especial importancia para los teóricos como manera de comprender y aprehender una obra de arte tanto en su conjunto, como en sus diferentes partes.

      Este interés y esta actitud son claro exponente de que el escultor Forment era un hombre de su tiempo. Sin desprenderse de las servidumbres del mercado y de la producción artesanal, Damián Forment no obstante entiende su oficio como una actividad liberal y ennoblecedora, dentro de las pautas del humanismo italiano. Como prueba y reivindicación de ello dejó por lo menos dos veces esculpida su imagen en sus obras: en el retablo mayor del Pilar y en el de la Catedral de Huesca. En el primer caso el autorretrato del artista se sitúa en el sotabanco y está acompañado en otro panel por el retrato que hizo de su esposa, Jerónima Alboreda, ya referido. Forment, cuya efigie aparece de perfil, como en la tradición medallística, es un hombre de treinta años, tocado de gorra y red que le recoge el pelo, y se ha acompañado a sí mismo por la representación de las herramientas de su oficio, un mazo y un cincel. Aun es más. Emulando a su manera la emblemática, Forment alude a su estirpe y apellido mediante la inclusión de unas espigas de trigo, que en latín se dice"frumentum" y en valenciano "forment".

En el retablo mayor de la Catedral de Huesca, el escultor prefirió el retrato de su hija Úrsula para el medallón que acompaña al suyo propio. Ambos se hallan también en el sotabanco del retablo. El perfil ya más maduro de Damián Forment queda encerrado en un corona de guirnaldas y frutos, y está acompañado por una algunos animales: unas aves en la zona superior, y sobre todo un gato y dos ratones, uno de los cuales roe una espiga. Se trata claramente de un jeroglífico, muy en la tradición humanística, pero que hunde sus raíces en las imágenes metafóricas medievales.

     Otra muestra del noble concepto que Forment tenía de sí mismo y de su profesión se encuentra en el epitafio de la lápida funeraria de su díscipulo Pedro Muñoz, sepultado en el claustro de la catedral oscense en 1522: "Petro Monyoso, patria Valentiano, Damianus Forment arte statuaria Phidiae, Praxiteslisque, aemulus alumno suo charissimo ac clientili suo B.M flens posuit..." . (traducción aprox. :"Damián Forment, valenciano, émulo de Fidias y Praxiteles en el arte estatuaria, ha llorado por Pedro Muñoz, alumno suyo querídismo y protegido suyo...".

     El retablo mayor del Pilar, es claro exponente del dominio de Forment tanto del lenguaje gótico como de las maneras renacentistas. La arquitectura de este retablo, como sucederá con el de la catedral de Huesca, se construyó según esquemas góticos, mientras que la imaginería denota ya un buen conocimiento de los modelos y formas de trabajo del Renacimiento. Hay que pensar también que en ambos casos la tipología de la mazonería fue una imposición y exigencia de los respectivos cabildos, si bien es cierto que el escultor debió crecer profesionalmente en Valencia a caballo de las dos estéticas, participando de la tradición gótica en la que nació el taller de su padre y de los nuevos morfemas que difundían en la ciudad levantina artistas como Fernando Yañez de la Almedina y Fernando Llanos, ambos de estirpe leonardesca.

     Tempranamente se evidencian en la obra de Forment referencias a modelos del nuevo estilo, tanto de raíz nórdica (utilización de estampas de Alberto Durero, en cuya difusión en Zaragoza y Aragón pudo tener un papel relevante el importante impresor Jorge Cocci), como italiana, a través de connotaciones derivadas de estampas de Rafael y de la incorporación de notas de tipo leonardesco.

     Forment aprende rápido y evoluciona al ritmo natural en que se van difudiendo nuevas obras y modelos procedentes de Italia sobre todo. Los especialistas han encontrado en sus obras a partir de 1520 una intensificación de las tendencias clásicas. Seguramente ayudan a ello varios factores, entre los que figuran la estancia en Zaragoza de la corte real de Carlos I entre 1518 y 1519, con la que llegan importantes nombres de la escultura penínsular como Felipe Bigarny y Alonso Berruguete, y es posible que algún artista foráneo y hasta entonces desconocido, como el florentino Juan de Moreto. Entre todos ellos ayudarían a crear un ámbite especialmente propicio a la circulación de grabados y estampas, a la comunicación de nuevas experimentaciones, que en Aragón y en concreto en el arte de Forment frutifican a lo largo de los años siguientes: ecos de la Batalla de Cascina se encuentran en el retablo mayor de la Catedral de Huesca, y otros del grupo de Laoconte en el tarraconense retablo mayor de Poblet. A partir de ese momento parece acentúarse el gusto de Forment por la expresión naturalista, por el estudio del cuerpo humano, afinándose su capacidad para el estudio de fisonomías y sus dotes para las grandes y teatrales composiciones escénicas. Además Forment muestra una perfecta adecuación de las características estéticas al contenido iconográfico, de tal manera que prefiere valores narrativos y descriptivos para las escenas de relatos religiosos, mientras que las figuras individuales, sobre todo las femeninas, alcazarán un alto grado de síntesis compositiva e idealización: no hay sino contemplar las magníficas virtudes conservadas en Alcañiz procedentes del sepulcro del virrey Juan de Lanuza, que el escultor labró en la iglesia del castillo de la localidad turolense.

     El cincel de Damián Forment fue requerido para los más importantes encargos escultóricos del momento. En su taller se edificarán gran parte de los retablos mayores más relevantes y,  en el ámbito funerario, el amueblamiento de algunas de las capillas más renombradas. Sin ser exhaustivos, entre los primeros se encontrarían: retablo mayor del Pilar (1509-1518), retablo mayor de la Iglesia de San Pablo en Zaragoza (contratado en 1511), el retablo de la Iglesia de San Miguel de los Navarros en Zaragoza (1520-1525), retablo mayor de la Catedral de Huesca (1520-1534), retablo mayor de la Iglesia del Convento del Carmen de Zaragoza (1520-1523), -desaparecido-, retablo mayor y portada de la Iglesia de San Juan de Vallupié en Calatayud (1532)- en este caso, Forment firmó un acuerdo con el italiano Juan de Moreto para hacer los trabajos a medias, de las cuales sólo se conserva el retablo, actualmente en la localidad zaragozana de Sediles.

     Entre las obras de carácter funerario realizadas por el obrador formentiano, destacan el retablo de madera y alabastro para la capilla que el secretario real, Miguel Pérez de Almazán tenía en el antiguo claustro de la vieja Iglesia del Pilar de Zaragoza (1516) ; el retablo para la capilla del impresor alemán Jorge Cocci (1515); el retablo y el sepulcro de la capilla del obispo de Lérida Jaime Conchillos, también en el claustro del Pilar (1527); el retablo para la capilla de la familia Conchillos en la Iglesia de la Magdalena de Tarazona (1529). Todas estas obras han desaparecido, privándonos sin duda de algunas de los conjuntos escultóricos más puramente renacentistas de Forment y de la escultura aragonesa del siglo XVI, a tenor de lo que puede deducirse de la documentación conservada. Afortunadamente conocemos, aunque sólo parcialmente, el sepulcro del virrey don Juan de Lanuza en Alcañiz (1535), ejemplo claro del renacimiento humanista de Forment.

     Fuera de Aragón, Forment llevó a cabo toda la obra de su etapa valenciana, en la que destacan el retablo mayor de la colegiata de Gandía (1496), el retablo de la capilla de la Puridad (1500), - ambos todavía estando su padre al frente del taller familiar-, y el retablo de San Eloy para el gremio de plateros (1509), en compañía de su hermano. De entre las empresas afrontadas fuera de Aragón, a lo largo de su época de madurez, es imprenscindible nombrarel retablo mayor del Monasterio de Poblet (1527-1530) y el retablo mayor de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada (contratado en 1537), que dejó inconcluso a su fallecimiento, terminándolo sus colaboradores.

     Además de todo ello, Forment también recibió encargos para realizar dibujos y trazas destinados a servir de modelo para obras ejecutadas por otros artistas, como el documentado ejemplo del retablo mayor de Sallent (1537). El escultor haría de su mano los cartones para las escenas de pintura que habría de llevar a término el pintor Martín García, demostrando en ellos un claro conocimiento de la obra de Rafael.

Forment fue un escultor con grandes dotes creativas, aquilatando en toda su trayectoria una enorme capacidad de asimilación y sintésis, que revierte en su trabajo conformando un estilo personal muy definido. La obra de Damián Forment, desarrollada en los términos expuestos de manera muy general, es fundamental para la historia artística aragonesa, a la que aporta algunos de sus exponentes más señeros, tanto en términos relativos de la época en la que fueron creados, como absolutos y referidos al conjunto de la historia del arte aragonés y penínsular. Los retablos mayores del Pilar y de la Catedral de Huesca no tienen sin duda parangón.

* La imagen corresponde a la escena de La Presentación en el Templo, del retablo mayor de la Basílica del Pilar de Zaragoza

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2 comentarios

Luisa -

Es verdad, Javier, que el renacimiento turiasonense tiene un pilar muy importante en Pietro Morone. Fue un pintor fundamental en la transición del lenguaje plástico entre la primera y la segunda mitad del siglo XVI en Aragón. Se merece el homenaje de la escuela taller de la DPZ, que es un ejemplo excelente de buen trabajo con el patrimonio artístico.
Si no recuerdo mal (que puede ser) hay documentación de Morone en Aragón desde la segunda parte de la decada de 1530-40; con lo que apenas coincidió con Forment, que seguro habría tomado buena nota de las novedades que el italiano traía en su macuto. Un abrazo para ti.

Javierj -

La Escuela Taller de restauración, dependiente de la DPZ, ostentó en uno de sus cursos el nombre de Damián Forment.

En el curso actual se hace honor a Pietro Morone. La Tarazona renacentista le debe mucho a este artista -me ha salido sin querer-.
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