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Atípico día de Reyes

Atípico día de Reyes

 

         He estado estos tres últimos días en un viaje. Hay tantas formas de viajar como pensamientos. Tantas como sentimientos. Tantas como emociones que cada uno puede recorrer.  El viaje de estos días ha transcurrido en compañía de mi familia y ha sido a través de una laguna de dolor, pero también de serenidad y de valentía.

         Circunstancias pasadas han hecho que este tránsito por el dolor de ahora sea algo más díficil de afrontar de lo que lo hubiera sido por sí mismo.  La ocasión se ha convertido en una suma de viajes al dolor. Pero también una suma de viajes al valor, a la capacidad de sobreponerse, a la voluntad de continuar en el viaje, con el espíritu de los viajeros auténticos: viajar por el propio viaje. Viajar a donde sea y por donde sea. Todos nosotros somos conscientes de que en una gran medida esa vocación por el viaje puro la hemos aprendido viviendo con Daniel, para quien viajar es gritar, con gran dificultad aunque con más entusiasmo, un incendiario ¡gooooool! del Barça, del Zaragoza o del Milan -yo creo que lo que le gusta es que se produzcan lo goles, sean de quien sean-; o para el que viajar es también el entusiasmo con que arranca vibrantes sonidos en su piano electrónico, o asomarse al ordenador como a una nave espacial.

         Esta tarde de este día de Reyes tan atípico, - mientras se cerraba un año más el ciclo del solsticio invernal- desde mi balcón orientado al Moncayo, ha vuelto a representarse uno de esos milagrosos anocheceres que a menudo acontecen en los aledaños del río, mirando al gran monte. Estábamos todos juntos por casa. Daniel, sus padres, sus abuelos, su tía-abuela, sus tíos. El espectáculo del cielo era sobrecogedor por su hermosura. Pero también nos acogía a todos como parte del viaje de la naturaleza, así en su extensión más primitiva y primaria. Hemos estado viendo fútbol con Daniel, jaleando los goles - todos los goles que se producían y los que nos inventábamos-, bailando la konga, jugando al escondite... Y así la vida se ha plantado de jarras entre todos y todos hemos sabido que es imparable. Hemos iniciado el viaje que poco a poco nos alejará del dolor.

 

           * La imagen es la de un atardecer, tomada desde casa.

6 comentarios

Luisa -

No te asustes, Inma. Estoy algo triste, pero bien. Como se decía antes muy sabiamente: "más cornás da el hambre". Uno siempre debe saber relativizar su ombligo.
Para ti también besote gordo.

lamima -

Me sobrecoge leerte así, me asusta ...pero veo que eres capaz de fijarte en ese anochecer y entiendo que estas en tu camino.
Sé que sabrás tener paciencia y que a tu lado hay gente dispuesta a ayudarte a conseguirla.
Un beso muy pero que muy gordo.

Luisa -

Muchas gracias, querida Marisa. Quienes son como tú siempre nos ayudan a tirar "pa lante". Tu amistad es un privilegio, sin duda. Besos, niña.

Luisa -

Ybris, no tengo duda de ello. Sólo hay que tener un poco de paciencia. Ganas no faltan. Muchas gracias, un abrazo.

Marisa -

En ese viaje, yo no puedo ir en tu vagón, pero estoy en el siguiente por si me necesitas. Besitos, que os quiero.

Ybris -

Sea cual sea la última razón del dolor está claro que el valor y la firme voluntad de continuar el viaje es el camino corecto para su superación.
Días atípicos que al final dejan la impronta más duradera para ser siempre un poco más de lo que somos.

Un fuerte abrazo.