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Los bañistas

Los bañistas

 

 

Sé que era ella. El color del pelo diferente. Las facciones algo más henchidas quizás. Han sido dos segundos. Eran sus ojos, de eso no dudo. Y era su gesto. Dedicado, en mitad de la inaudible conversación, al hombre que a su lado ascendía por la escalera mecánica, mientras yo descendía, bajando de inmediato la mirada para no tropezarme con el tiempo que ha pasado. El hombre, que ahora ascendía a su lado por la escalera del centro comercial, la acompañaba siempre por entonces a casa, al acabar las largas tardes en la piscina, a donde la venía a buscar tras el trabajo. Con el rabillo del ojo ambos hemos seguido las direcciones opuestas de nuestros pasos. Nunca diremos nada. Ni siquiera he pensando qué le habré parecido, pasando por encima de mi, de repente, su tiempo, el de ella. Escaleras del tiempo. Ella llevaba un peluche en sus manos, envuelto de regalo. Y yo la amé todas las tardes de aquel verano, en que la ayudé a aprender a nadar.



*La imagen es la de la pintura de Georges Seurat, "Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte" (1884-86). Óleo sobre lienzo.


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La explicación

La explicación

                He llegado a buena marcha hasta el final de la calle. Y eso que el final de la calle quedaba para mí en lo más lejano.  Cerca de la orilla del parque, junto al puente que sobrevuela la autopista, un hombre vestido de pantalón marrón y  camiseta verde ha estado mirando largo rato como temblaban las sábanas blancas tendidas bajo unas ventanas. Lo he visto mientras seguía hacia el puente que sobrevuela la autopista. Blanco de las sábanas sobre el gris y el rosa urbanos de un edificio al que este hombre que lo mira ha significado. Yo no hubiera visto las sábanas, por muy blancas que fueran, si el hombre de marrón y verde y deportivas azules no las hubiera estado mirando. Si han sido suyas las sábanas alguna vez en su cama, no lo sabré jamás. Ahora parecía un hombre huérfano de sábanas. He traspasado el puente que vuela sobre la autopista y he cruzado a la acera de enfrente. Regreso sobre mis pasos, pero el hombre sin sábanas ya no estaba mirándolas. Bajo el puente, una sábana blanca se aquietaba en la tarde sobre un perfil humano y el asfalto. He tropezado entonces y he tenido que detenerme para recolocarme la zapatilla que se me ha salido del pie, mientras las ambulancias y la policía a toda velocidad cerraban el paréntesis y, por eso, casi no te oía cuando me has llamado para recordarme que había que comprar pan.



* La imagen es de una pintura de María Teresa Larrain, titulada Ropa Tendida II y esta colgada en la web de la Galería del Cerro.

 

Una vieja historia - y 2

Una vieja historia - y 2

 

 

 

              Seguía sofocada y algo descontrolada cuando volvía a casa. Se había aventurado a la calle, tan insegura aquellos días, porque necesitaba comprar algún alimento. La comida todavía escaseaba y no era nada fácil encontrar ni siquiera un poco de pan o alguna legumbre. Estaba algo asustada todo el tiempo, pero, aunque su hermana Angelines, casada desde hacía un par de años, vivía cerca, prefirió quedarse sola en casa porque su cuñado no le gustaba demasiado, con aquel bigote pasado de moda y su olor cerrado a anís y coñac. Lo encontraba muy mayor.  Recorrió varias tiendas del barrio e incluso se atrevió a llegar, no sin temor y mucha precaución, hasta la esquina de la Avenida de San José, a los ultramarinos de don Joaquín, donde una vecina le había dicho que tenían todavía patatas y algo de bacalao. Buscó comida para dos, porque sabía muy bien que  los padres de Alonso, lo mismo que  los suyos, no estaban en la ciudad. Aunque los hijos ya habían nacido en Zaragoza, las dos familias eran del mismo pueblo. Los padres de Alonso y Magdalena conservaban la costumbre de volver casi todos los años para ayudar en la siega durante unos días, los que podían, a los hermanos que allí estaban. La tierra seguía siendo para ellos la vida, algo mucho más seguro, después de todo, que el frágil trabajo de la ciudad. En aquella ocasión la sublevación militar les había pillado pues en el pueblo y de momento no había forma de retornar. ¿Por qué hacía aquello Magdalena? No se lo preguntaba en la mañana de finales de julio de 1936, cuando al regresar y encontrarse a Alonso Ríos, como suponía, en el rellano del segundo piso, donde ella vivía, le hizo simplemente una seña afirmativa con la cabeza y él la siguió dentro de la casa.

            Durante varias horas no pronunciaron palabra. Magdalena recorrió el largo y oscuro pasillo hasta la cocina con el aliento denso de Alonso detrás de la nuca. Sin mirarle, dejó las provisiones sobre el mármol y atizó el fuego de la cocinilla que había dejado encendido. Puso un poco del escaso carbón que ya le quedaba para avivarlo. Alonso la seguía, con los ojos ligeramente entornados, desde el quicio de la puerta. Ella dejó sobre la mesa una olla, desparramó un puñado de lentejas y comenzó a separarlas de las piedrecicas y otras partículas que iban apareciendo entre las redondillas legumbres de diferentes tonos. Puñado que tríaba, puñado que caía ruidosamente en la cazuela. Parecía muy concentrada e iba muy rápido, como acelerada. Casi había terminado, cuando Alonso la alcanzó en dos zancadas y le besó en el cuello. En su estremecimiento Magdalena volcó la cazuela, derramando su contenido por el suelo. La ciudad estaba en guerra, el país estaba en guerra, pero el mundo acababa de empezar en la cocina de la casa de Magdalena.  No sabía qué hacer y lloraba con mansedumbre, mientras Alonso la abrazaba por la espalda y la recorría, con sus manos grandes y ásperas de albañil, desde los muslos blancos hasta los pechos temblorosos, mientras ella lo deseaba tanto como deseaba no estar allí en aquel momento. Alonso la volvió hacia él y mordió sus labios, primero con suavidad, de poco en poco, al tiempo que le tarareaba al oído, embarrastronando la voz muy bajita, el estribillo de "los cuatro muleros" una y otra vez, buscándole  a ratos el nacimiento del pelo donde dejaba con brevedad su boca húmeda y tibia. Ella iba enloqueciendo y él la sintió entregada, pero indefensa. Titubeó un momento. Luego calló y la beso muy largo en la boca, llevado ya sordamente por las ganas, desabrochándole con rapidez el ligero vestido de algodón, acariciándola sobre la enagua tan suave. La sentó sobre él con prisa, acomodados ambos en la vieja silla de enea, que había junto a la mesa. No quería interrumpir el juego para buscar el dormitorio. No quería separarla de su cuerpo ni un milímetro. Magdalena no dejó de llorar y no sintió casi nada, ni bueno ni malo, cuando él anduvo por ella adentro sin miramiento. No sabía muy bien qué pensar. Le dejó hacer. Estaba desconcertada y aturdida. Pero quería volver a comenzar porque ya echaba de menos el primer contacto eléctrico de la piel de Alonso y porque quería aprender a amarle hasta el final con la misma locura que la había vapuleado en ese instante inicial de la pasión.

                Durante aquel verano, en verdad, ella aprendió a amarle y fue feliz. Durante aquel verano él fue enamorándose sin querer de aquella mujer, que ni le había preguntado por qué se había quedado a su lado, y fue feliz también, aunque había cosas de Magdalena que no acabaran de encontrar un sitio en sus entendederas. Aquella tarde de finales de julio, después de la comida, en la que no hubo lentejas y en la que no alcanzaron a hablarse todavía porque no hubieran sabido qué decir, volvieron a amarse, completamente desnudos, entre la penumbra buscada de la hora de la siesta, al margen del miedo que todos sentían en esos días, al margen de la historia, al margen de sí mismos. Durante el resto del verano no dejaron de amarse ni un solo día, con tan intensa dedicación que todavía veinte años después Sor María Magdalena veía pasar por su cabeza con total nitidez, escena a escena, entre salves y jaculatorias, azorada, atribulada de nuevo, con el corazón en la garganta y en las sienes, cada uno de los días que vivió junto a Alonso, quien apenas salió de la casa en todo el tiempo, de tal manera que sólo vivía para ella, entregado a la tarea de verla contenta y de inventar nuevos juegos amorosos para ella.

           Durante el resto de aquel verano no dejaron de amarse ni un solo día y  si no fueron completamente felices, con la felicidad de quien vive un único instante, de quien no acumula compromiso ni con su pasado ni con su futuro, no fue por la guerra, - cada día que pasaba más guerra y menos asonada de cuartel,-  puesto que la guerra les brindaba la coartada sentimental y cierta que necesitaban; puesto que ellos contaban sus días en otro calendario.  Fue porque Magdalena empezó a tener remordimientos, a pesar de la coartada, a pesar de decirse cada minuto que nunca había sido tan feliz.  No eran remordimientos por amar a un hombre como Alonso, - tan alejado de sus convicciones y de su vida hasta ese momento,-  pues, en realidad, le había amado toda la vida. Con esa contradicción desavenida habría podido convivir su alma de joven católica, al menos hasta que la pasión se amortiguara, hasta que se desvaneciera la satisfacción de la conquista. Los remordimientos venían respecto a ella misma, y, sí, por su muy aprendida fe religiosa y por el puño con que la amendrantadora educación moral que de sus padres había recibido la atenazaba de noche, hasta que conseguía dormirse. Porque, según iban pasando los días e iba adentrándose en las todas las formas del amor que le enseñaba Alonso, notaba crecer por todos sus poros lo que ella llamó, con gran escándalo de su confesor, el hábito de la concupiscencia, que la lanzaba en brazos de su amante, más que por amor,  por el placer de sentirse a sí misma extrañándose en su propio deleite, tan ajena a todo lo que ella había sido hasta entonces que quizás empezaba a perderse un poco en el vértigo de esa libertad. Además, Magdalena siempre había sido un poco mística en todo.  Pero su confesor no lo entendería en absoluto así, en aquellos tiempos de reafirmación a ultranza de la vida católica en la ciudad, y la conminaría con atronadoras amenazas para que pusiera final a pasión tan ignominiosa. La ciudad entera olía a incienso y resonaban a todas horas las campanas y las oraciones, las arengas y las banderas, que sólo descansaban cuando se anunciaba un bombardeo, que no siempre ocurría. En este mar, Magdalena nadaba a contracorriente. Magdalena había descubierto el amor a destiempo. La ciudad se había vuelto en contra suya y ella se angustiaba cada vez que salía a la calle, sola.

               El día tres de septiembre Magdalena, por fin, confesó antes de la misa que en El Pilar se celebró al cumplirse un mes del milagro que dejó sin explotar las bombas arrojadas sobre el templo. Había gran gentío y después de la misa procesión solemne. Aunque Alonso nunca hasta entonces había querido tomarse muy en serio sus manías religiosas, como él las llamaba sin hacerles mucho caso, aquel día le pidió que no fuera a la misa ni a la procesión. Era como si la mujer que le amaba y a la que él, sin saberlo muy bien, amaba ya, también le estuviera traicionando. Porque casi todos los que iban a celebrar aquella dramaturgia podrían denunciarle llegado el caso, o incluso darle muerte, si en tal tesitura se vieran. Y si supieran que ella era su amante, también ella correría igual suerte. Una guerra es lo que es. Eso le dijo un momento antes de que Magdalena atravesara con su alfiler de nácar la mantilla de blonda con que cubrió su cabeza para salir. Y se lo dijo, más que por convencimiento intelectual de lo que expresaba por su boca, llevado por la desesperación que empezaba a sentir, pues cada día se había hecho más elocuente la tribulación de Magdalena, cada día se había hecho más claro que no tardaría en pedirle que se fuera. Alonso, como un niño grande que sólo quería conservar lo que le hacía bien, hubiera podido pasarse toda la guerra encerrado en aquella casa, cuidado y mimado por aquella mujer, amándola en un mundo sin raíces. Amándose ambos sin más. No sería posible. Como dejaron de serlo muchas otras cosas en aquellos días. Cuando Magdalena se alzó del confesionario, acunada por los cánticos de alabanza que hacían levitar la basílica entera del Pilar fue como si de un sueño pasara a otro completamente diferente. El mundo se abría a sus pies y un gran abismo negro y angustioso le atenazaba todo su ser.

             Oyó misa, olió incienso y cera derretida, oyó cantos, oyó todo lo que andaba buscando oír para hacerse fuerte y echar de su vida a Alonso, para convencerse de que su amor no era bueno, de que era necesario huir de aquel recinto de placer y amor en que su casa y su alcoba se habían convertido en los últimos tiempos.  Terminó de convencerse de que era culpable. Y Alonso, aún más culpable que ella, que le había amado con la pulcritud de la adolescencia y ni siquiera se atrevía al principio a mirarle abiertamente. El la había atraído hacia el pecado, la había encantado como una serpiente, se había aprovechado de su ingenuidad, de su amor por él. La había embrujado y no había sido más ella. Cuando terminó la procesión, bien entrado el mediodía, Magdalena era ya más Sor María Magdalena del Perdón que la muchacha que había sido amada al alba de aquel mismo día, por última vez, por el hombre al que ella había adorado en secreto desde que era una niña. Y no obstante, ahora, convertido terriblemente en su cabeza en un demonio que la aniquilaba, angustiada por la tortura de sus sentimientos, no hubiera dudado en empujarlo hasta la misma cárcel y echar ella misma los cerrojos y arrojar la llave bajo la corriente del Ebro, en su pozo más hondo. No regresó a su casa. Fue a donde su hermana y, llorando y entre ahogos, le contó durante toda la tarde sus andazas de las últimas semanas, como en un exorcismo.

               Alonso fue inquietándose conforme pasaban las horas y Magdalena no regresaba. Estaba asustado porque, aunque la ciudad se había ido calmando en los últimos días,  teniendo en cuenta las circunstancias, -y las circunstancias eran una guerra-, había calles donde sonaban los fusiles de repente, en las que cuadrillas de soldados o civiles arrastraban a algún preso, en las que se oían voces como truenos, en las que caía el silencio luego como una losa ante una cueva. Aquella noche, a primera hora, Alonso llevó a cabo el único acto de valentía de toda su vida, puesto que, despreciando el riesgo que corría, se lanzó a la calle en busca de Magdalena, lleno de angustia por su tardanza. Lo hizo sin pensar y sólo en ese momento de desconcierto, cuando su corazón marchaba a mil por hora, sintió de veras -como en un acto de revelación inconsciente-  cuánto amaba a Magdalena, cuánto se le había enredado aquella mujer por los centros. Sabía la dirección de Angelines, la hermana de su amante, porque ella misma se la había hecho memorizar un día, por si acaso. Allí se fue, con la esperanza, no tanto de encontrarla en esa casa, como de que su familia le ayudara a buscarla. Sólo pensaba que alguien les había delatado y que la habían cogido presa.  Alonso sabía lo que había sucedido, desde los primeros días de la sublevación con muchas mujeres, compañeras ellas mismas o esposas  y novias de compañeros huidos de la ciudad.  Llamó sin miramiento a la puerta de Angelines, quien le dijo sin tapujos que Magdalena estaba allí, que no quería verle, que le había contado todo lo que había pasado, que no le iba a dejar entrar, que él era un ruin, un sinvergüenza, un ateo sin moral ni sentimientos, que se había aprovechado de una pobre niña sola. Cuando Alonso intentó apartar a Angelines y colarse en la casa, se topó con el marido de ésta, que pistola en mano le golpeó en la cara y le sacó de un puntapié a la calle, y mira que no te denuncio, no sé por qué, pero lárgate aprisa porque a lo mejor todavía me lo pienso y mañana subes en un camión para Torrero.

              Veinte años después, a principios de julio, Alonso Ríos había vuelto al barrio. Había enterrado a su madre en el mejor coche fúnebre y en la mejor tumba. Había mandando limpiar el piso, había llenado la despensa, y se había instalado solo en él, dejando a la puerta del edificio uno de los poquísimos automóviles que había por allí. Nadie le dijo nada. Fueron todos al entierro de la madre como a un acto oficial. Al cabo, Alonso era ahora un puesto importante del Sindicato del régimen y nadie podía negarle el derecho de volver a su casa, aunque hiciera años que apenas venía por allí, sólo alguna vez a ver a su madre, viuda ya desde el final de la guerra, si bien por causa de la enfermedad del corazón que padecía el padre de Alonso, que no aguantó el sufrimiento de esos años, el pobre, como decía su madre, Marcelina. Pasados unos días del entierro de ésta, los vecinos empezaron a acostumbrarse a tratar a Alonso con normalidad, por lo menos en su presencia.  Si le criticaban, sería a sus espaldas, como a todo el mundo. Hasta el propio marido de Angelines, que lo había seguido viendo a veces todos estos años en el Sindicato, le daba conversación en la escalera, cuando iba con su mujer a casa de su suegra. Y eso que no le caía bien, como no caen bien los chivatos ni los delatores. El marido de Angelines había sabido hace años, pues todo se acaba sabiendo, que aquella noche, después de que él mismo lo empujó a la calle, Alonso no acudió a buscar refugio entre sus compañeros. Llamó a un sargento de la policía que conocía un poco por las manifestaciones, huelgas y otros asuntos de la federación y ofreció un trato. No quería salir de la ciudad. Era un cobarde. O quizás no podía pensar en alejarse tanto de Magdalena. No era capaz de entender que ya nunca la vería. Quizás, orgullosamente, no soportaba sentirse relegado, rechazado. Quizás no pudiera admitir aquel absurdo de la renuncia a un amor que empezaba apenas a crecer y que a él se le había quedado dentro, seguramente porque Magdalena era la única mujer que le había amado entregadamente, en serio. Quizás porque sabía que Magdalena le había querido siempre, a pesar de todos los pesares. Era necesario conservar todavía la esperanza de recuperarla. Algunos de sus amigos y camaradas sufrieron el precio de esta locura de amor, cuyo aliento todavía nublaba la mirada de Sor María Magdalena del Perdón, de letanía en letanía, mientras cosía camisitas para los niños del hospicio Pignatelli. Mientras estaba segura de que Alonso Ríos había vuelto a esperarla y que se quedaría pegado a la sombra de la curva de la escalera hasta que la viera ascender por ella.




*La fotografía corresponde al Coso zaragozano en los años treinta.

 



Un vieja historia -1

Un vieja historia -1

 

 

               Hace pocó más de un mes  la Revista Narrativas, conducida sabiamente por Carlos Manzano y Magda Díaz y Morales, me publicó este cuento. Sé que algunos lo leistéis allí. Os agradezco vuestra atención y vuestras palabras. He vuelto a acordarme estos días del cuento con cierta insistencia, no sé por qué. Así que lo recolocó ahora aquí y lo troceo un poco, en varias entradas, para que sea más liviana la lectura en pantalla.



A nuestras madres y abuelas



            Cuando sor María Magdalena del Perdón escuchó de labios de su madre, Pabla, y de su hermana, Angelines, que Alonso Ríos había vuelto a instalarse en el barrio, en la misma casa de su madre donde vivió de joven, quedó primero demudada y blanca, mucho más blanca de lo que ya era su piel alabastrina, tan transparente que sus dos interlocutoras vieron con claridad cómo, enseguida, su sangre toda afloraba de golpe a la superficie de su cara, lo único visible que el hábito dejaba de su cuerpo, a excepción de las manos que aún eran las de una niña. Pero sor María Magdalena ya no era una niña.

            Tampoco era ya una niña a finales de julio de 1936, aunque entonces tuviera apenas dieciocho años y un recuerdo muy nítido de Alonsito, aquel guapo crío moreno, de ojos azules y orejas ligeramente de soplillo, que llevó pantalones largos antes de hora porque le dio la gana y que vivía en el principal. A ella la hacía rabiar amargamente cada vez que tropezaban en el patio de entrada de la casa, levantándole las faldas y echando luego a correr. Cuando más se enfurecía era cuando Alonsito Ríos corría en dirección a la calle, porque allí, en la puerta, le aguardaba el grupo de granujas con los que se juntaba.  Alonsito se zambullía en los brazos de sus amigos de un salto y se reía de ella, cerrando y abriendo las manos y extendiendo los dedos recontando  las veces que ya había conseguido tocarle el culo. La niña que luego fue sor María Magdalena del Perdón no podía evitar oír cómo atronaban las carcajadas y los gritos de júbilo, mientras lloraba escaleras arriba y se detenía antes de entrar en casa hasta que el llanto cesaba, para no tener que pasar por la vergüenza de dar explicaciones. No lloraba porque Alonsito le hubiera levantado la falda y rozado las nalgas. Lloraba por la manera tan distraída y prepotente en que lo hacía, por la despreocupación con la que marcaba la muesca que contabilizaba la pieza reconquistada tantas veces. Porque Alonsito a ella le gustaba mucho y no quería que le gustase. Porque no dejaba de gustarle, a pesar de la humillación. Ya lo repetían ahora en la sala de visitas su madre y su hermana: ese hombre siempre había sido, desde pequeño, tan simpático como canalla y desahogado, un vivalavirgen sin remedio, un baldón para su familia y una pena muy grande para su madre, que nunca le cerró la puerta a pesar de las buenas razones que había tenido para ello. Y, aunque es cierto que con la guerra cambió bastante, a saber cuánto mal no habría dejado hecho los años de antes, sentenció doña Pabla. Un impío, sin duda, abundó Sor María Magdalena del Perdón, mientras procuraba recomponer el rostro circular y ocultar los recuerdos en lo más profundo de su corazón. Un mal hijo de Dios, añadió, que no es digno de que ni siquiera nos acordemos de él. Un ateo pecador. Y esos no cambian, madre. No me gusta que vengáis a esta santa casa con chismes de gente de semejante ralea, ofendemos al Señor con sólo mencionarlo. Doña Pabla atribuyó el enojo de su hija al decoro de su condición de religiosa. Pero Angelines, que sabía más y que había sacado el tema muy a propósito, también se alarmó ante la ira desentonada y ante la lividez arrebolada de su hermana. No pensó que al cabo de veinte años ella fuera a alterarse tanto con la sola mención de aquel nombre. Cambiaron pues de conversación, intentando ahora resolver con atinado criterio los dramas matrimoniales de la pobre prima Elvira, a la que Sor María Magdalena casi ni recordaba y cuya vida le movía compasión, aunque no  comprensión, alejada como estaba de la suya propia en tanta y tanta disímil circunstancia: un marido flojo, decían, hijos, trabajos a destajo en porterías pobres y casas de costura, vida sin tiempo y poco alimento, que costaba mucho ganarlo en aquellos años tristes y embrutecidos de la posguerra. A su hermana Angelines la miraba con más atención y siempre le preguntaba por el cuñado y los sobrinos, que nunca iban a verla ya, porque los jóvenes, ya se sabe, andan a lo suyo, sobre todo si son chicos y mi Antonio tiene el pobre tanto quehacer, de aquí para allá, siempre con su camioneta. El niño mayor tenía ya novia, una chica muy formal y decente y muy cariñosa. Doña Pabla y Angelines habían escrito a la madre de la chica, viuda de guerra y dueña de una mercería, donde Isabelita, la novia, despachaba también, invitándola a comer un domingo a casa. Así que Antonio, hijo, e Isabel, en cuanto consiguieran el traspaso de un piso que esperaban, no lejos de la mercería, seguramente se casarían ya, porque el chico tenía igualmente buena colocación en el taller donde trabajaba. Casi nadie podía decir lo mismo en estos tiempos que vivimos, concluyó Angelines, antes de despedirse de su hermana, sor María Magdalena, en el patio de la entrada del convento: hasta dentro de quince días. Dios os acompañe.

            Todos somos dueños de nuestro pasado, aunque a veces no lo parezca. Sor María Magdalena del Perdón había encerrado bajo siete llaves una buena parte del suyo. Sabía muy bien cómo tenerlo a raya. No sólo aquella parte de su pasado que el confesor hubiera reconvenido severamente.  También las otras cosas, las que a pesar de toda la vocación con que vivía su vida de  convento, le causaban un angustioso tedio interior, largo como la sombra de un ciprés y áspero como la lija con que fregaba la madera del suelo de la iglesia, cuando le tocaba, una vez a la semana. Siempre había solicitado los trabajos más duros, porque prefería el cansancio físico y la rutina conocida. También le gustaba mucho bordar y durante el rosario vespertino, que se dilataba en salves cuanto tiempo fuera necesario, cosía, junto a otras hermanas, canastillas de bebés y ropillas para niños más mayores del hospicio Pignatelli.

            Después de la visita de doña Pabla y Angelines, Sor María Magdalena se dirigió al cuarto de costura a la hora acostumbrada, las cuatro de la tarde, y se acomodó en su silla, junto a su costurero, bajo la ventana que daba al patio de los magnolios. Hacía calor. Volvía a ser julio, veinte años después. Alonso Ríos subía la escalera con tanto sigilo y tan pegado a la pared enroñosada que, en la penumbra de la primera hora de la mañana, ella al principio ni se percató de él. Se lo topó de frente y, como ella estaba un escalón más arriba, quedaron mirada contra mirada un instante, hablándose casi boca contra boca al solicitarse mutuamente disculpas. Hacía un par de años que Alonso Ríos casi no aparecía por allí. Era algo mayor que ella y desde que había empezado a trabajar en la construcción se había ido alejando de la casa paterna poco a poco, viviendo su vida a su manera.  Ahora era un hombre joven, bastante guapo y más inconsciente, como siempre lo había sido. Se había convertido al anarquismo picado por aquella parte fácil del amor libre entre unos y otras y sin tramoyas sociales, como le insistió a ella durante aquellos días tantas veces, y también porque en la construcción en Zaragoza se trabajaba poco, si no se era del sindicato. Con pasmosa facilidad había sustituido en su jacarandosa cabeza la creencia en la vida eterna de su educación infantil por la fe en la posibilidad de un paraíso libertario, que a él se le antojaba la más perfecta felicidad, ya que eliminaba en su cabeza cualquier idea de responsabilidad individual por su parte. Su futuro comunismo libertario era algo así como un mundo infinito por el que transitar trabajando poco, disfrutando mucho y gozando con muchas mujeres de razas diferentes. Su teoría era que como entonces todo el mundo habría de ser igual, todos tendrían que trabajar y por lo tanto cada uno tocaría a mucho menos trabajo que ahora, cuando había tantos y tantos que arrimaban poco el hombro y algunos más bien nada, nada. No pensaba más. Pero Alonso Ríos caía en gracia, con la gracia de los desvergonzados, y en el sindicato preferían dejarle a su aire.  No podían contar con él para un compromiso serio y constante, pero nunca  se negaba a colaborar en las acciones para las que fuera requerido, desde la organización de una huelga, - aunque no le gustaban luego los enfrentamientos violentos,- hasta el reparto de octavillas, o cuando había que tratar con algún personaje incómodo o peligroso. El vivía permanentemente como en una película de aventuras, que eran las que más le gustaba ir a ver al cine, cuando tenía dinero para hacerlo, especialmente al Monumental Cinema, que había abierto hacía ahora tres años y era, desde entonces, su preferido por las sesiones dobles y a buen precio. Con el imperturbable arrojo característico del que no analiza el alcance de sus acciones, acudía esa mañana, en la que se lo encontró Magdalena en la escalera, a la casa de sus padres, creyendo que ellos le protegerían y le ocultarían. Llevaba diez días de escondite en escondite, cada vez más incómodo y cabreado. Quería estar tranquilo, aguardar sin tanto sobresalto a que pasase esta tormenta de verano.  No había intentado, como la mayoría de sus compañeros que conseguían escapar a la represión de los sublevados, salir de la ciudad para alcanzar las columnas que, se decía, venían desde Barcelona. Como muchos, al principio, estaba convencido de que aquella algarada, decía, de los militares terminaría pronto y, de alguna manera, con un acuerdo entre unos y otros contendientes, - al fin y al cabo burgueses todos, como bien repetía Blas Antunez, uno de los líderes de su federación,- para seguir jodiendo a los de siempre. Por otra parte, lo de luchar contra un ejército y pegar tiros no le atraía lo más mínimo. Durante aquellos días, Magdalena le dijo una vez que más  parecía un gachupino hijo de papá, de esos que acuden todas las tardes al baile del restaurante Ruiseñores, que un obrero de la construcción crecido en aquella calle del barrio de San José, en la que se habían vuelto a reencontrar. Magdalena pidió perdón y, aunque lo reconoció al instante  -¿cómo no iba a hacerlo?-  echó escaleras abajo atropelladamente, muy nerviosa, recordando de golpe todas las veces que Alonso Ríos le había tocado el culo.

(...)

* La fotografía corresponde al Paseo de la Independencia, en Zaragoza, hacia la época en que transcurre el relato.

Encuentros en el blog de Javier Torres

Encuentros en el blog de Javier Torres

 

             Hace unos días Fernando Sarría y yo le mandamos al bueno de Javier Torres sendos relatos sobre teléfonos móviles. Javier es un gran lector y enseguida encontró la forma de jugar con ambos relatos. Al que yo le mandé lo tituló muy bien como "Encuentro imposible", y lo enfrentó al de Fernando, al que pusó el más optimista titulo de "Encuentro posible".

            Me apetece poner ahora aquí los dos textos, - Fernando también hace mención en su blog- uno tras otro, siguiendo el orden en el que Javier los entendió. Los enlaces os llevarán, si quereis, al lugar para el que fueron los relatos concebidos: el blog de Javier.

 



 

            Un encuentro imposible

           Obstinada, insistentemente desde hace días recibo este mail en la pantalla de mi ordenador:

           "Querida amiga,

           Fue grato nuestro encuentro y placentero. Pienso en usted. Me gustaría volver a verla. Dígame cómo."

           No conozco el nombre que figura como remitente. O por lo menos no tengo consciencia de conocerlo. Menos aún recuerdo algún encuentro especial ni placentero en los últimos tiempos, ni siquiera haber mantenido una conversación con alguien de quien yo no tuviera dato de ningún tipo. He hablado con gente a la que he visto por primera vez, pero o bien me han sido presentados por amigos comunes, o bien han llegado a mi a través de otras acreditadas referencias. Hace tiempo que los desconocidos no me llaman la atención como antes. Tampoco están los tiempos como para caer en tentaciones. Por eso no estaba dispuesta a llamar al número de móvil que figura al pie del texto del correo electrónico. Pero, cuando el susodicho mail llegó con terquedad por undécima o duodécima vez a mi ordenador en el plazo de una semana, decidí acabar con el problema de un plumazo. Contesté primero al último mail en ese momento, demandando al sujeto emisor que no me bombardera más con sus misivas repetitivas. Como respuesta obtuve sólo el mismo texto nuevamente. Así que ayer, furiosa, llamé. Y he vuelto a llamar hoy, después de que otra vez me asaltara el mismo correo en el ordenador. Pero ninguna de las dos veces he obtenido más respuesta que la voz electrónica del contestador del buzón de la compañía telefónica instándome a que deje mi recado. Más enfurecida si cabe, hoy me he arriesgado:

         "No sé quién es usted. No tengo ni idea de cuándo hemos podido vernos. Si es que nos hemos visto. Le ruego deje de enviarme correos electrónicos. No deseo verle ni conocerle".

          A los cinco minutos he recibido un mensaje en la pantalla de mi teléfono móvil:

           "Tiene usted flaca memoria. No merece usted la pena".

         Y este mensaje ahora repite desde entonces su llamada de atención en mi móvil puntualmente cada hora, como una mala conciencia que no me deja ni a sol ni a sombra.



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                  Un encuentro posible

             Nunca pensó verse en una situación como aquella, él, que siempre intentaba hacer lo correcto, estaba dirigiéndose hacia una cita extraña y que no le pertenecía.

             Seguía su primer impulso, dejándose arrastrar por una especie de libidinoso cosquilleo desconocido para él. Sentía en su estomago el riesgo, el peligro de su decisión, pero era un imán que le atraía sin remedio.

             Cuando había visto en su móvil el mensaje, se dijo enseguida que era una broma de las típicas de su socio. Pero le cambió la cara al darse cuenta de que aquél no era su móvil sino el de su socio; las compañías telefónicas regalan móviles de alto standing, siempre que contratas con una nueva para asegurar tu fidelidad y, claro, en la reunión con su socio por error se los habían intercambiado sin querer.

             Con todo el disimulo que pudo y tras borrar el mensaje con la cita en un hotel del centro, se lo volvió a cambiar y empezó a contar las horas que quedaban para las cinco.

             Ahora, cerca de la hora, buscaba un aparcamiento un poco alejado del hotel, para llegar a él andando e intentando dejar los menos rastros posibles. Llamó a su mujer para decirle que tenía una reunión con los del seguro de créditos, buena excusa ya que le había comentado que estaba en tratos con una nueva empresa. Pero ella no estaba. Le dejó el recado... Seguro que estaba en alguna de esas reuniones que hacía los jueves con sus amigas de universidad, ¿pero hoy era miércoles? Igual eran los miércoles las reuniones... no pensó más en eso y le dejo el recado en el móvil de ella, siempre fuera de cobertura.

              En el hotel no encontró grandes problemas para pasar desapercibido. Entró por la cafetería que daba directamente a los ascensores y así no fue visto desde la recepción.

             Su pulso se iba acelerando, tercer piso, habitación 313, decía el mensaje, te espero love ardiente a las 5 en punto, se lo repetía una y otra vez mientras se acercaba a la puerta. ¿Qué hacer?, ¿llamar o abrir la puerta directamente?, se acordó de su socio al que siempre tenía que ir salvándolo con compromisos inexistentes delante de su mujer. ¡Qué gusto tenía por las mujeres exuberantes! pero eran sólo aventuras con mujeres de las que se desembarazaba fácilmente... ¿Cómo sería ésta?... Llegó a la puerta y sin dudarlo más toco suavemente en ella y a la vez la abrió:

             Nunca pensó verse en una situación como aquella... percibió la silueta que había en la estancia y comprobó, lívido, que definitivamente las reuniones de su mujer eran los miércoles.


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La foto la cojo del blog de Javier Torres:)


Palabras mágicas

Palabras mágicas

 

              Ayer murió Marcial Blanco. Si algo puedo decir de él – y le conocía bien-, es que era un escritor frustrado. Aún más exactamente era un no escritor. Marcial tenía un sentido mítico de la escritura. Creía indubitadamente en el poder taumatúrgico de las historias. En el efecto que sobre las cosas y las personas podían producir las palabras. Se le ocurrían muchas historias, decía él. Tenía cantidad de pensamientos que pugnaban dentro de él, más o menos enmarañados. Le hubiera gustado comunicarlos. Pero no se atrevió nunca a escribirlos porque temía que si deshacía la madeja en que los tenía sujetos, los ordenaba, y los situaba sobre el papel, todos sus temores interiores se cumplirían. Y eso todavía le atemorizaba más. Así que nunca escribió ni una sola palabra. Tampoco hablaba mucho. Por si acaso. Sin embargo, hoy ya sé que no tenía razón. Si la hubiera tenido, Marcial Blanco no se hubiera muerto tan joven. En realidad, no se hubiera muerto nunca.

*La ilustración reproduce una obra de Marta Chapas © y tiene como título "Magia de la manzana"; viene desde esta dirección:

http://www.museosdemexico.org/img/fotos_exposicion/Magia%20de%20la%20manzana2.jpg

 

Ya no nieva como antaño

Ya no nieva como antaño

 

 

             Ya no nieva como antaño. Tampoco llueve igual que antes. Ni las cosas duran tanto como lo hacían. No duran los televisores, ni los frigoríficos, ni las lavadoras, ni los zapatos. No duran los amores, amor mío. Por eso no me ha extrañado verte esta tarde bajar las escaleras, subida muy alta, como una diosa antigua, sobre tus tacones, prolongados hacia arriba en la línea posterior de las medias. Escoltada por ese otro que ha venido a buscarte, te ha besado en los labios y ha cogido tu maleta. Muy educadamente me ha sonreído. Y muy amablemente yo he cerrado la puerta sin hacer casi ruido. Me he quedado pegado a la mirilla, viendo cómo caía la nieve en el rellano y asomaba un extraño y antiguo paisaje por el hueco de la escalera.

 

 

El autobús

 

Primero le gustó esa voz que armaba las palabras desde adentro y las arrastraba en tonos graves, aunque de color naranja. Cuando lo oyó al llegar a la parada del autobús aquella tarde de pasado ya mediados de septiembre, un zigzagueo paralizador le recorrió la espalda, como un aviso premonitorio. No había demasiado tráfico a esa hora. Era aún temprano  para la salida de las oficinas o el cierre de los comercios, y los escolares todavía permanecían de fiesta por las tardes. Un relativo silencio le permitió distinguir que la voz no se expresaba en castellano y, cuando se colocó a su altura debajo de la marquesina de la parada, alcanzó a comprobar que el idioma extranjero era el italiano. Tan dulce y descortés a un tiempo. Por detrás de las gafas de sol, llevó los ojos a un lado y vio un cuerpo agitarse entre risas algo descalabradas, y ese cuerpo también le gustó. Lo mismo que el rostro alargado, moreno estival, medio rasurado en una irregular barba rubia como a matojillos, con unos ojos que igualmente se ocultaban tras unas lentes oscuras y que por tanto no podía ver, sino tan sólo imaginar. Le hizo gracia el pelo anclado en una coleta que le latigueaba la espalda al ritmo endiablado de la conversación y le molestó la algarabía casi estridente con que estallaban las palabras en la boca del chico rubio y en las de sus dos interlocutores. Se sentía casi asediada por la vehemencia con que se robaban la iniciativa y por la frescura que alimentaba todas las chanzas. Tanta complicidad la expulsaba de la escena, a pesar de que estuviese físicamente allí mismo compartiendo espacio y un sol abrasador, a escaso medio metro del chico rubio, el más cercano a ella. No podía evitar mirarlos y escuchar. No podía desviar su atención ni dejar de introducirse en el juego de tres que se desarrollaba delante de ella, ajeno a ella, aunque ya se sintiera más parte del juego que meramente observadora. La conversación era bastante banal y eso, no sabía por qué, la irritaba. ¿Qué debería esperar en una tarde bochornosa de final de verano, en una parada de autobús condenada al sol, de tres personas alegres, presumiblemente de paso, quizás incluso de vacaciones, en un país extraño, y aparentemente en momentos de total asueto para ellas? Tenía ganas de recriminarles su desbordada actitud. Sus conocimientos de alumna avanzada de italiano se lo hubieran permitido. Sin embargo se contuvo y aguantó el tirón. El autobús estaría al llegar. Se colocó en un oído un auricular de su reproductor de música e introdujo algo más de distancia respecto a los tres italianos que seguían ignorándola. Lo que realmente le molestaba era la indiferencia del chico rubio. Se apoyó contra el poste de la marquesina, cruzó los pies y taponó el otro oído con el segundo auricular. Fue inútil. Su curiosidad y su ansiedad eran más fuertes que su orgullo. Con un gesto de desagrado, guardó en su bolsa de colores el reproductor de música y entonces percibió un leve giro de cabeza del chico rubio. Creyó ver en sus labios la ráfaga de una sonrisa que no podía ir dirigida a ella,  aunque le daba igual. Recompuso su esqueleto ante la llegada del autobús y avanzó, midiendo los pasos, delante del chico rubio y de la pareja que lo acompañaba. Movía sus piernas despacio, procurando que la caída del vestido se pegara a las caderas y el borde de la tela que llegaba a sus tobillos ayudara a remarcar las acompasadas ondulaciones de su breve desfile hasta el interior del autobús. Era consciente de que ese vestido le favorecía. Mientras saltaba a la plataforma del autobús, estirando su cuerpo, dejándolo un segundo como suspendido en la atmósfera, oyó a su espalda la risa de la chica italiana y cómo llamaba por su nombre a uno de los chicos casi gritando. ¡Enzo!. Le pidió que pagara el importe de los tres viajes. Ella se quedó al principio del autobús y pudo ver que Enzo era efectivamente el chico rubio. Los tres italianos siguieron hasta la zona media, esa que tienen como de acordeón estos vehículos de doble cuerpo, y se acomodaron allí continuando su buena cháchara.  Ella los siguió. Frente por frente, miraba a hurtadillas esperando tropezar con los ojos de Enzo, ahora desprovistos de las gafas oscuras. Como para corresponderle, ella también se quitó las suyas y las colgó del escote, acentuando así su  pronunciación. El autobús no iba demasiado lleno. No mediaba nadie entre ella y los italianos. Pero, Enzo no la miraba. Ella se impacientaba. Sin saber muy bien qué pretendía hacer, se sacó de la cabeza la ancha diadema que le sujetaba la melena y se la anudó a la muñeca, mientras atizaba ligeramente el pelo y lo colocaba bien sobre los hombros. Enzo no la miraba. Seguía riendo con sus amigos, charloteando ahora sobre anécdotas y gentes completamente inexistentes para ella. ¡Qué le importaba todo eso!. Enzo tenía los ojos marrones claros, casi amarillos, como el ámbar, y sendos hoyuelos junto a las aletas de la nariz que se le veían sólo cuando sonreía extensamente. Deseaba que por lo menos la mirase una vez. Sólo una, mientras sonreía. Observó un poco el exterior por la ventana, sin levantar del todo, no obstante, la mirada del grupo.  No podía dejar de preguntarse cuál era la relación de la chica con cada uno de los dos chicos. En algún momento le parecía que hubiera mayor intimidad y complicidad con el chico que no era Enzo. Sin embargo, pensaba todo el tiempo en la posibilidad de un trío. Incluso en que hubiera habido dos historias sucesivas de la chica con cada uno de los chicos. Empezó a sentir una cierta desazón, un rebullir de celos, que la descolocaban respecto a sí misma, puesto que eran ciertamente inmotivados. Enzo seguía sin mirarla. Cuando menos, no estaba sucediendo ese instante mágico conjurado en que sus miradas tropezasen en medio de la inmensidad del autobús. Ella tenía que bajarse en la Plaza San Francisco. Faltaban dos paradas.  La incomodaron bastante unos adolescentes escolares que subieron al autobús como si se encaramaran a un árbol, extendiendo por el suelo sus mochilas y prendas, montando un improvisado campamento. Venían de un entrenamiento. Los italianos les rieron las gracias. A ella casi ya ni le importó. Pero no le gustó que Enzo rompiera la fina tela de araña sobre la que hacía equilibrios desde el momento en que los encontró en la parada del autobús. Enzo seguía sin mirarla, la ignoraba y, sin embargo, había confraternizado automáticamente con los torpes chavales de quince años e incluso ahora les preguntaba en un español raro por el Real Zaragoza, cuyo equipamiento vestía todo el grupo, iniciando sin más una divertida y caótica conversación en enrevesados términos futbolísticos de la que ella estaba definitiva y drásticamente excluida, dados sus nulos conocimientos del tema y su total desinterés por el mismo. Un fallo, se dijo, porque podría haber aprovechado la dicharachera camaradería creada para llamar la atención de Enzo. De todas formas, ya no quería  llamar su atención. Quería que él se fijara en ella llevado de un fatal destino y luego despreciarlo. Hubiera querido que él se sintiera perdido en medio del mundo, puesto que ella ya se preparaba para abandonar el autobús y él había sido tan estúpido como para desaprovechar la única ocasión de ser feliz que iba a tener en la vida. Ella lo sabía. Sin embargo él había sido tan tonto como para no verlo. Cualquier gesto llegaría ya tarde. El viaje de ella terminaba, el tiempo disponible tocaba a su fin.  Los chavales y los tres italianos intercambiaban gritos y eslóganes deportivos alusivos a los distintos equipos que contaban con sus dispares simpatías. Y reían. Ella les sonrió a todos y cruzó por el medio del recrecido grupo para poder alcanzar la puerta de salida, mientras disponía su bolsa de colores en bandolera, sin dejar de mirar a ninguna parte en realidad, sobrevolándolos. Aterrizó en la plaza. Un estudiante la atropelló sin querer al acelerar para llegar al autobús. Ella se disculpó y atisbó cómo el autobús se llevaba a Enzo. Quería comprar una revista sobre libros, que frecuenta con devoción mensual, así que se acercó al quiosco y husmeó un poco. Pacho, el quiosquero, la conoce bien y le dio un poco de esa buena conversación que administra con sabiduría para sus clientes. No mucha, porque ella andaba todavía como suspendida entre dos dimensiones y no le hizo demasiado caso. No quería terminar de regresar todavía. Las sensaciones que tenía le provocaban una leve y controlable borrachera. Le agradaba. Y caminó despacio, hojeando la revista, sintiendo que sus movimientos desplazaban el aire lo justo y pensando que le iba a ser difícil concentrarse para estudiar. Todavía no había necesidad. Era la primera semana de clase. Lo hacía porque le gustaba preparar los temas con tiempo y leer diversa bibliografía. Sin embargo, había perdido el impulso sesudo que la hizo quedar con  Diego, su amigo ahora después de haber sido su amante pasajero. Le invitaría a una cerveza y hablarían un rato. No de lo que acababa de sucederle. Nada, en realidad. Diego estaría ya en la biblioteca, guardándole sitio. Pero, antes de alcanzar la escalinata de la entrada, escuchó con sobresalto los pasos a la carrera que se acercaban a ella y el grito, casi sin aliento, de Enzo  y su mano presionándole el brazo para que se volviera hacia él. Y ella se volvió.

 

*El autobús es un cuento que la Revista Narrativas, publicó en su número 3, y que ahora quiero dejar aquí.

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El viaje

El viaje

No la vio porque subió al tren a la una de la madrugada y a esas horas nuestros ojos sólo ven aquello que nos enseña la luz eléctrica, que es una luz sin sombras. Se arrellanó en la butaca de segunda clase y dejó que el sueño fuese entrando en su cabeza, respirándolo dentro del vagón en penumbra. Siguió sin ver nada. No miró. No quería pensar. Iniciaba un viaje incierto, cuya primera parte concluiría en la frontera. Hasta allí aún habría posibilidad de vuelta, quizás. Aunque la sentía como una posibilidad remota. A la frontera estaba previsto que llegarán justo al amanecer. Unas pocas horas, por tanto. Se durmió finalmente, cortando amarras, cansado y confiado. Tanta gente en el tren le hacía sentirse uno más de los en tránsito, le daba seguridad, un sitio al que pertenecer. Despertó justo unos minutos antes de pasar la línea fronteriza, cuando paró el tren. Miró por la ventanilla, los ojos pegajosos, heridos por el sol naranja y bajo. Parpadeó y en ese momento sí que la vio. Vio a su sombra, que había venido con él, descendiendo del tren y emprendiendo el camino de regreso a casa.

* © fotografía Marta Pereyra, a la que agradezco que me preste una de sus muchas y hermosas fotografías: Fijaciones

El descreido Francisco

El descreido Francisco

El 25 de agosto de 1936 el abuelo Paco perdió la fe. Toda la fe. No sólo la fe católica en Dios, o la fe más sencilla en que habrá un amanecer tras otro. Lo que el abuelo Francisco perdió para siempre en esa fecha fue la fe en general, la fe en el hombre, en la vida, en Dios por supuesto, así a lo grande. Se le volaron las certezas. Para un hombre de campo, rutinario como los ciclos de las cosechas, tan apegado a la tierra que jamás hundió ni un pie en el agua del  río que bañaba su huerta, perder así algo como la propia fe tuvo que ser terrible. Y la culpa de ese desastre inevitable la tuvo mosén Pablo, el mismo que unos años antes les había casado a él y a la abuela en la iglesia del pueblo, tan desmesurada para lugar tan pequeño. De esa misma iglesia le vio salir el abuelo bien de mañana aquel día, fusil en mano, el rostro enrocado en la sombra, y el paso sin dudas. Por la  noche el abuelo se había quedado por completo sin fe.

  El abuelo Paco tuvo siempre escasas palabras y paulatinamente se escondió en su profunda sordera para hablar aún menos. Menudo, se movía ágil por los senderos que caminaba junto a su mula y entre los surcos que abrigaban las cosechas de tomates, lechugas tiernas o revoltosas judías y suavísimos pepinos, y que su mujer  llevaba, llegado el tiempo, a los mercados de los alrededores. Aunque los más apreciados de su huerto eran los perales, a los que él cuidaba como a sus seis hijos, o mejor. Los ojos agrisados del abuelo Paco descansaban pocas horas, y sus manos redondetas portaban muchas y encallecidas grietas, debidas a la presión contra la azadilla y el astral. El abuelo había sido de pelo más bien castaño. Pero se le volvió como el nácar el mismo día que perdió la fe. Nunca le vi sin boina. Y era más testarudo que su mismo animal.

 Su tozudez sin límites le llevó a permanecer durante años y años en un lugar que dejó de existir en los mapas y al que la luz eléctrica no llegó nunca. Rechazó todas las oportunidades que se le brindaron para abandonar el pueblo donde había nacido, menos la última. A esa ya no pudo negarse, porque la casa donde vivió siempre había empezado a caerse a pedazos y él se había vuelto un viejo sordo como una tapia y casi inútil y la abuela, bregada en mil caminos y plazas, apenas podía moverse sin ayuda de su orondo sillón de mimbre escachado. Allí ya no quedaba nadie más. Sólo en ese momento accedió a trasladarse a otro pueblo cercano y civilizado, donde estaba el gran palacio, entonces deshabitado y medio en ruina, del que había sido señor de todas las tierras del contorno, y al que el padre del abuelo había comprado el pedazo donde estaba la huerta exactamente el año de mil novecientos, el mismo en que él nació, con el siglo, como le gustaba decir. De todas formas, la derrota le había aplastado mucho antes, cuando se le esfumó la fe y no pudo encontrar razones otras suficientes por las que habría merecido la pena vivir puesto que se iba a morir de todas las maneras

Si no hubiera sido por mosén Pablo la guerra hubiera pasado de largo por aquel lugar casi etéreo, y también la muerte. De hecho, alguna vez llegaba una compañía de soldados, que pernoctaba en el pueblo, situado en la cima de una empinada colina, que les dejaba a buen resguardo y les aseguraba una fácil defensa. Cuando llegaba uno de estos destacamentos, se organizaba siempre un cierto revuelo y una inevitable inquietud se instalaba en todos los dormitorios, en los que no se apagaban las lámparas de petróleo hasta que apuntaba el sol. Pero nunca volvió a pasar nada después de aquel día, en el que el abuelo Paco se tornó un descreído. Por eso, aun en plena guerra, todos los habitantes del pueblo seguían cuidando de sus huertas, junto al río, con cotidiana tranquilidad. Una de las visiones más amadas por el abuelo era esa de su pueblo, contemplado desde abajo, arropado por el rumor del río, mientras él descansaba a la hora de la comida, y sobre todo en verano, porque el sol lo hacía resplandecer como si estuviera suspendido en el propio cielo, ese que en Aragón en tiempo claro es de un azul larguísimo y eterno. En aquellas ocasiones, el abuelo respiraba profundo, y a pesar de no conservar ya fe ninguna, conseguía dormir a pierna suelta una gozosa siesta sin fantasmas.

 El abuelo Paco fue toda su vida un hombre recto, si bien de una honradez antigua y de una moral rancia y estragada, que la fe no consiguió arrastrar tras ella cuando le abandonó. Vivió entre el pozo del corral y el cielo que alcanzaba a través de las ramas de sus frutales. Con los ojos entornados para  no ver tantas cosas que no entendía. El abuelo jamás creyó, por ejemplo, que un hombre hubiera pisado la luna, y ya la radio le pareció siempre muy poco de fiar. Para él, el mundo andaba tripa arriba, enrrabiado como una cucaracha que no pudiera retomar el rumbo. Y estuvo así desde aquel mismo día en que mosén Pablo bajo del púlpito a la calle y tomo un fusil.

Los soldados del ejército sublevado habían llegado la noche anterior al pueblo. Era la primera vez que venían. Nadie sabía muy bien a qué atenerse. En mitad de la oscuridad, el hermano pequeño del abuelo llegó a la casa.  Se marchaba. Por si acaso. Había vuelto de Zaragoza a los pocos días de estallar la guerra. Era un buen trabajador de la azucarera de Miraflores. Pero había andando desde hacía tiempo en una organización anarquista, y ahora, con los soldados en el pueblo, quién sabía lo que podía pasar. Al abuelo todas esas cosas le caían como muy lejos. Y, sin embargo, ya no durmió y a las cinco se preparó para bajar a la huerta. Amanecía cuando cruzó la plaza, por delante de la puerta de la iglesia, y vio a mosén Pablo. ¿Dónde vas, Paco? Al campo, como siempre. Más te vale, le lanzó el cura. Y cuando enfiló la última casa del pueblo, pudo ver a mosén Pablo juntarse a un grupeto de soldados. Al regresar, por la tarde, el cuerpo muerto de su hermano, casi sin rostro, yacía junto a la fuente de la plaza. No le dejaron pararse ni llevárselo a enterrar  hasta el día siguiente. Para entonces, el abuelo, sin saber cómo, ya había perdido la fe.

* Este es un cuento que ya publiqué hace tiempo en El Cronista de la Red. Se me ha ocurrido copiarlo aquí a resultas de un post de Antón Castro sobre el aniversario del asesinato de Ramón Acín y de los comentarios a ese post. Es una historia de las muchas que hubo por aquello días.

*La ilustración es la que acompañaba también al cuento en El Cronista y la hizo Chema Lera

Cero

¿Cómo será vivir entre dos nadas, habitar entre dos ninguna parte? Puro laberinto.

Evidencia

Yo anduve mucho tiempo buscando. Luego la vida me encontró.

 

(Hoy es el cumpleaños de Daniel)

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El último día

Al atardecer de este día, he cerrado los ojos de la penúltima persona que quedaba viva sobre el planeta. El cielo es naranja y la tierra gris. Comienzo a caminar, mientras dispersas, intermitentes y aleatorias explosiones alivian el silencio de la eternidad.

Noviembre

Su voz me fue encontrando a través de las sombras breves de la mañana. Se hizo martillo y atronaba. Andaba rápido y gritaba sin pudor. Caían los gritos hacia arriba como un surtidor.  Todos mirábamos. Insomnes aún. Lo vi cruzando el puente sobre el río y esfumarse entre la niebla de noviembre.

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