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Leer un poco de Pan de Oro...

El hijo del imaginero

     

     María de Heredia durmió mal la noche anterior a mi nacimiento, y ese día madrugó más de lo acostumbrado. Despertó a las criadas e hizo trasladar su amplio y solitario lecho de viuda reciente desde la recámara a la sala que se asomaba al sur a través de un par de magníficos balcones. Aún no hacía dos meses que mi padre había muerto, así que fui hijo póstumo. Que mi madre viviera un trance tan extremo, seguramente, provocó mi nacimiento prematuro. Llegué a este mundo en la calle San Pablo de Zaragoza, un 7 de junio de mil quinientos cuarenta y siete, cuando las vecinas campanas de la iglesia del barrio acababan de anunciar la hora tercia con su ineludible timbre mudéjar. Y mi madre me llamó Luis. Segura de que yo iba a nacer, había ordenado retirar los cortinajes de los balcones y la luz recién amanecida del inminente verano alcanzó la estancia, donde bailaron doradas como pececillos las briznas de polvo que surgían de los rincones en sombra. Hacía algo de calor y abrieron. El bullicio y el trajín del mercado, no muy lejano a mi casa, fue llegando con nitidez, mezclándose los gritos de reclamo de los vendedores clavados tras sus bancadas con el ir y venir de las gentes, que de trecho en trecho forman constantes corrillos y mentideros.

      De la arqueta donde guardaba las mudas mi madre sacó su camisa más querida, que ella misma había confeccionado a la morisca y bordado con tiras carmesíes, y se la vistió. Esa arqueta la había armado mi padre, que fue escultor y mazonero y algo pintor, y está toda adornada de preciosa marquetería a la italiana en la que pequeños cupidos muy serios bailan con delfines como flores de acanto entre diversas panoplias triunfales y jarrones con lirios. Mi padre era italiano. María de Heredia, la viuda de Pedro Milano, se subió a su lecho, mandó luego a una de las mancebas en busca de su comadre Agustina López y de la partera, y aguantó los primeros dolores en su cama acuclillada mientras la iba buscando el sol, sujeta con fuerza a un retrato de mi padre que había pintado un colega llamado Martín García unos años antes. Juraba impropiamente e increpaba a la imagen de mi difunto padre de manera tan ofensiva, que las vecinas que iban llegando a la casa pensaban que el parto estaba haciendo entrar en ella la locura o alguna extraña forma de posesión maligna. Mi madrina Agustina López me explicó al cabo de los años que a mi madre le atravesó de parte a parte en este lance un frío de ausencia tan profundo, sintió en sus adentros un abismo de tal hondura, que mientras duraron los dolores y el parto ni gritó ni suplicó ningún alivio, tan sólo profería terribles reproches contra aquel que la había abandonado con un hijo a medio camino de este mundo y otros cuatro más que ya tenía de un primero y anterior matrimonio de mi difunto padre, mis hermanos Juan, Francisco, Ana y María, todos por entonces aún menores de edad. Otros tres hermanos míos habían muerto ya antes de que mi padre y mi madre se desposaran y yo fui el primer hijo de mi madre, que era todavía joven cuando me parió. Había cumplido veinticinco años un mes antes, unos pocos días después de morir mi padre, el cual falleció pasados los sesenta. Entre ellos mediaban pues tantos años que se hacía difícil contarlos. Por eso, cuando se casaron, los zagales de la calle y muchos más venidos de otras parroquias hicieron sonar los cencerros durante buen rato en busca de unas monedas que seguramente mi padre no tardaría en lanzarles por hacerles callar más aprisa. De qué malas costumbres usamos en muchas ocasiones. No sé si fueron felices. Mi madre me dijo que en el escaso año y medio que vivió mi padre después de la boda alcanzó a amarle con gran ternura y dedicación, a pesar de que fueron muchas zozobras las que la embargaban en ese tiempo. Aunque, ya digo, si la hubiera podido entender cuando llegué a este mundo no parece que hubiera sido posible creerla puesta en tanta devoción hacía él.

      Toda la vida he continuado viviendo en la casa familiar de la calle San Pablo, donde durante mucho tiempo casi todo siguió igual que el día de mi nacimiento, exceptuada la presencia de mi padrastro y de mis dos nuevos hermanos, con los que tuve gran afinidad, aunque nunca consiguieron paliar mi condición sentimental de huérfano, ya que civilmente no lo fui en efecto desde el nuevo casamiento de mi madre. Mi padrastro, que se hizo cargo con mucha voluntad de mí y de los otros hijos de mi padre y de quien he heredado el oficio de mercader, quiso instalar su almacén en la bajera de la casa, donde había estado el obrador de retablos de mi padre. Mi madre se negó. Y allí siguió la habitación varada, lugar privilegiado de juegos para mis hermanos y para mí hasta que vino a ocuparla por herencia mi hermanastro Juan, él también con sus retablos. Tampoco consiguió mi padrastro que nos mudáramos de casa, por lo que él tuvo que buscar otro alojamiento donde ejercer sus tratos con trigo, aceite y vino, ya al lado de la ciudad vieja, frente al mercado y a la puerta de Toledo, en la esquina de la calle de la Sal.

Como a veces mi padrastro andaba fuera de Zaragoza durante días, yo aprovechaba sus viajes para imaginar que algo le ocurría en los caminos y que, como mi verdadero padre, él igualmente se moría. No sé por qué lo hacía. Yo quise mucho a mi padrastro, que fue en realidad el único padre que he tenido en mi vida. Nunca le conté a mi madre esta despiadada imaginación mía de niño, aunque yo creo que no me lo hubiera tomado en cuenta. He tenido siempre remordimientos por ello, pues la invención infantil se hizo realidad pocos años después, justamente cuando mi padrastro acababa de iniciarme en el negocio familiar, del que tuve que ocuparme enteramente antes de lo previsto y muy a mi pesar; ya que desde zagal lo que me gustaba era trastear con las gubias, los cinceles y los pedazos de madera que conservábamos en aquel obrador desbaratado. A María de Heredia se le ponían los pelos de punta cada vez que me encontraba en aquella habitación. Tenía la convicción de que tanta estatua y  tanto retablo tallados por su primer marido no le habían servido a éste sino para vivir en un continuado desasosiego que por nada quería para ninguno de sus hijos. Y, aunque yo había pasado las horas muertas al lado de mi hermano Juan mal despellejando tocones, mi madre se negó más tarde rotundamente a confiarme a ningún maestro imaginero que me enseñara convenientemente las artes del oficio. Mas bien apremió y acosó a mi padrastro para que mejor antes que tarde me llevara con él a sus negocios e incluso a alguna de sus salidas fuera de la ciudad. Se trataba de que  le cogiera afición a este asunto tal del comercio. He de admitir que al final la adquirí, aunque para entonces mi mentor ya hubiera fallecido. La necesidad por lo tanto no fue ajena a esta resulta tan deseada por mi madre.

Debo añadir que a ella no le faltaban razones para sentir aversión por el oficio de los imagineros y los demás de condición similar. Mi padre se había ido de este mundo mal encarado con por lo menos la mitad de la humanidad, que nunca supo apreciar sus verdaderos deseos y aspiraciones, sino más bien muy al contrario le obligó obra tras obra, encargo tras encargo, a repetir fórmulas y formas, rostros y gestos que llegaría largamente a aborrecer. La enfermedad que le sepultó era, según los doctores, de carácter nervioso, y según mi madre su trabajo y sus continuados berrinches y frustraciones debieron tener mucho que ver en que se le declarara el mal y en que lo hiciera con tal gravedad que terminó matándolo. No acabaron aquí las desgracias. Si mi madre impidió con inquebrantable decisión que yo me entrara como aprendiz de imaginero,  mi padre, muy al contrario, un año  antes de morir había dispuesto que mi hermano  Juan se firmara con su compadre del alma y padrino del muchacho, Tomás de Berasátegui, también maestro de retablos y de imágenes, aparte de marido de mi madrina Agustina López. Este hermano mío en verdad fue un magnífico escultor,  tempranamente reconocido tanto por sus colegas como por quienes valoraban con sus dineros su trabajo, y no le faltaron encargos importantes desde el primer momento. Parecía que él iba a enderezar en alguna forma la suerte de mi padre, porque defendiendo la pureza de estilo y apegado al espíritu de lo antiguo conseguía el aprecio y los elogios que aquel no logró nunca, sino cuando renunció a ese concepto  y se entregó a expresiones más extrovertidas y tortuosas, tan apreciadas por casi todos en general, porque las entienden como más propias del buen sentir y más convenidas con la recta moral. Cuando la vida de uno depende de la opinión de los demás, todo en ella se torna obra de la mano de la fortuna impredecible, más aún si cabe. Y no obstante no sucumbió Juan a la voluntad de los hombres, sino a la de Dios,  pues de la noche a la mañana él murió también, con tan sólo veinticinco años, de una repentina y fulminante infección que se lo llevó en días. La sala baja de nuestra casa, el taller de mi padre que mi madre se había empeñado en resguardar por respeto y porque además era la herencia de mi hermano, la que mis hermanos y yo  visitábamos a escondidas, y en la que aquel se había instalado luego consiguiendo revivirla, fue entonces verdaderamente clausurada, sin ni siquiera resquicio para los juegos. Nadie pudo volver a entrar en esta estancia hasta después de la muerte de mi madre. Siempre he creído que sin saberlo en su corazón era  tanta la animosidad como la admiración hacia ese arte de la escultura y la mazonería. Sus sentimientos mezclaban actitudes de reverencia y desconfianza,  propias unas y otras de alguien que no acertaba a comprender ni las razones ni las leyes en verdad poco comunes que ordenan estas artes.  En cualquier caso, todo aquello era magia para ella, porque las figuras parecían llegar desde otras dimensiones, oscuras y divinas, manejadas con vieja familiaridad por las manos de su marido, de las que se desprendían luego como con un aliento propio que no dejaba de causarle susto cada vez que entraba en el obrador y las contemplaba.  Y eso que cuando mi madre le conoció mi padre andaba ya gastado por la enfermedad y sus dedos se habían hecho torpes. Yo creo que María de Heredia vivió todo aquello con una emoción intensa e incontrolada, algo así como el convencimiento de que al casarse con mi padre se había situado bajo la influencia de una maldición de la que luchaba por escapar con todas sus fuerzas. Y desde luego no estaba en su voluntad  consentir por nada del mundo que yo también me adentrara en esas medias luces. A mi entender, estaba rotundamente equivocada. Yo podía haber sido un amable y feliz artesano constructor de retablos en esta ciudad tan parecida a las de Italia según dicen los viajeros que la frecuentan, aunque no creo  que tal sea exactamente verdad,  y con los que me entretengo muchas veces hablando en mi almacén o junto al atrio de la iglesia de Santiago, lugar de reuniones frecuentes y a menudo agitadas, porque es tradición que hasta aquí venga a congraciarse la gente desunida. Es mi creencia que así como manejo trigo o aceite, y voy y vengo, y me considero un ser afortunado, igual pudiera haber seguido mi primera y natural inclinación al trabajo de la madera y el barro o la piedra sin haberme considerado jamás maldecido ni extraño a los asuntos de mi tiempo, sino que hubiera igual también vivido conforme, satisfecho, de la misma manera que tantos otros, que yo conozco,  dedicados en esta ciudad a la imaginería o a la pintura, que cumplen con su trabajo con más o menos perfección y acierto según sus méritos y cualidades, y viven en acuerdo con su condición, teniendo medianamente un buen pasar. Mi madre pensaba que el aire de la desgracia llegaba desde fuera. Mas no es tal. Mi padre hubiera sido infeliz en cualquier circunstancia, y mi hermano hubiese muerto en todo caso. Por no hablar del azar, cuyas tretas yo, debido a los avatares de mi profesión, he sufrido más de una vez y por ello  le guardo considerado temor. Pedro Milano no proyectó en su juventud terminar sus días en Zaragoza. Ni siquiera se llamaba Milano. Cuando llegó a la ciudad se le empezó a conocer con ese apodo, que le señalaba como extranjero y por el que todo el mundo sabría a qué atenerse.  Milano se convirtió  finalmente en mi apellido y es el de mis tres hijos y así será hasta que nuestra estirpe se extinga, sin que jamás haya yo sabido el verdadero nombre de mi familia, que ya dejó de serlo por no ser dicho. Otra muestra más del respeto debido al azar, capacitado para delinear vidas en diferentes formas a su antojo o también apagarlas sin más.

      © 2006 Luisa Miñana Rodrigo

Dias de playa y horas - 1 / La casa y el árbol

Dias de playa y horas - 1 / La casa y el árbol

 

* El dulce y llorón pimentero llegó con la casa y en ella ha crecido, extendiéndose como un prodigio. Preside orgulloso el jardín siempre cimbreándose y siempre cantarín.  Se alimenta del aire del mar y por eso exhala un penetrante aroma de lejana especia que se nos queda en la piel. Sabe ya nuestros nombres y nos reconoce por nuestros pasos en cuanto alcanzamos el camino que atraviesa el jardín desde la calle. Y aunque a veces tardamos en vernos él y nosotros, todos sabemos que es nuestro árbol porque él es el que señala desde lejos el lugar a donde nos dirigimos cada vez que volvemos.



Primero estuvo el árbol. En todas las casas hay un árbol. Si no hay árbol una casa no será realmente la casa. La casa donde abrigarse, donde amar, donde amortiguar dolores o dejarlos extenderse como raíces y luego encoger dentro de una esquina del corazón. Sin árbol no hay casa que albergue el sueño y el descanso, no hay sombra, no hay cielo. Una casa sin árbol huirá de nosotros en cuanto pase un tiempo, porque un árbol resguarda y una casa no puede habitar espacios sin ramas y sin sonido de hojas contra el aire. Y una casa que huye no es una casa. En una casa que huye no hay pan; sólo algunas noches de cuando en cuando arderá con timidez el fuego, y nunca habrá humeante mesa del mediodía aguardando reencuentros, más o menos queridos –esa cuestión forma parte de la versión que cada cual hace de la casa-.  Para que la casa se quede quieta y siempre esté necesita las raíces del árbol y el espacio que delimitan para aposentar cimientos y abrir ventanas por las que asomarse a los otros espacios que vamos aprendiendo. Una casa y un árbol: el resto fluye en lo superfluo del tiempo.



*Un árbol puede ser un árbol, y puede ser un cuadro, el sofá, el lecho familiar, el rincón de la estantería, la mesa de trabajo, el rincón de los juegos o el otro que nos mira… una certidumbre o aquello que se erige como tal con el único fin de fijar un rumbo.



* Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol.

Hoy quisiera estrechar mi ciudad sumergida,

boca de los corales, alma de las esponjas,

dureza de las piedras que se encuentran a veces,

ojos de las estrellas de mar y los peces.

Hoy te quiero cantar más alla,

más allá de donde ha de llegar la canción.

Cómo voy a cambiarle el color a una ola.

Qué se puede querer si todo es horizonte:

qué le voy a enseñar a la suma del viento;

qué le puedo objetar a una noche estrellada

con mi vela amarilla y mi proa emparchada.

Hoy te quiero cantar más allá,

más allá de donde ha de llegar la canción.

Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol.

Cada rizo del suelo es un sueño contado,

algo como un recuerdo, una imagen, un beso,

y en la espalda del día se queda ese algo.

Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol.

Hoy te quiero cantar más allá,

más allá de donde ha de quedar la canción,

mi canción.

(Silvio Rodriguez, del álbum "Mujeres")

Badomía

Disparate, despróposito (R.A.E.)

Azafate

Canastillo, bandeja o fuente con borde de poca altura, tejidos de mimbres o hechos de paja, oro, plata, latón, loza u otras materias (R.A.E)

Atorra

Enagua o saya bajera de lino o cáñamo (en Alava). Procede del vasco: camisa de mujer (R.A.E)

Axovar

Heredad que en algunas comarcas aragonesas recibe de sus ascendientes la esposa, sin facultd de enajenarla mientras no tenga descendencia, y que se convierte en dote ordinaria desde que nace prole (R.A.E)

Artigrama nº 20

Artigrama nº 20

Desde hace años el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza edita la revista Artigrama. El último número fue presentado a finales de junio y recoge una serie de artículos monográficos sobre el patrimonio aragonés disperso. Como es bien sabido, es éste un tema de rigurosa y continuada actualidad, debido al conflicto mantenido entre las diócesis de Barbastro-Monzón y la de Lérida, y que en Artigrama se enfoca con rigor y objetividad, más en términos de historia y de labor investigadora que de conflicto religioso y/o político. Precisamente uno de los artículos, firmado por Carmen Berlabé, conservadora del Museo Diócesano y Comarcal de Lérida, que cuenta las vicisitudes de la fundación y formación de este museo, así como la situación que se produce a raíz del decreto de segregación de las parroquias aragonesas. Carmen Berlabé hace un análisis de los bienes afectados por este decreto que residen todavía en el Museo Diocesano de Lérida.

Pero la dispersión del patrimonio histórico-artístico aragonés afecta y alcanza a muchos más bienes que éstos de La Franja y de ello se habla, desde el punto de vista de la investigación en historia del arte, en el resto de artículos de este monográfico: el patrimonio presente en diversos museos, por ejemplo, como el de Sitges, el Lázaro Galdiano, o el Arqueológico Nacional. Hay también un completo y bien construido artículo sobre el patrimonio disperso y desaparecido del monasterio de San Juan de la Peña en la primera mitad del siglo XIX, firmado por Natalia Juan García.

El número 20 de Artigrama se completa con una serie de artículos reunidos bajo el epígrafe habitual de Varia. Algunos títulos son así de sugerentes: "Secretos del Arte Efímero: dos dibujos inéditos de Sebastiano Cipriani en Zaragoza" de Adelaida Allo; "Mujeres, arpas y libros: herencias de la pintura moderna en los fotograbados de Los Salones de Madrid" por Carmen Abad-Zaradoya; "Pintura y espectáculos musicales" firmado por Manuel García-Guatas; "Del Tubo a Puerta Cinegia en Zaragoza. Evolución urbanística del sector en época contemporánea" por Isabel Yeste.

Hay también una serie de trabajos sobre cine que merecen buena lectura: "Reconstruyendo la memoria histórica en la pantalla. La presencia de lo religioso en el franquismo a través de la obra documental de Basilio Martín Patino en los años setenta: Canciones para después de una guerra (1971), Querídisimos verdugos (1973) y Caudillo (1975)", que firma Fernando Sanz, o, entre otros, "Realidad y paranoia en Tierra de Abundancias de Wim Wenders", de José Enrique Mora, que analiza como la tecnología digital está cambiando los procesos creativos e industriales del cine, incluso las características de los propios géneros cinematográficos.

* La imagen corresponde a la portada de la revista y es la reproducción de una acuarela sobe papel: La que retorna los bienes (O la fuerza de la razón) 2006, de Lina Vila. La acuarela no se ve entera en la imagen, porque en realidad recorre portada y contraportada.

Campeonato de España de Natación de Minusválidos Físicos y Paralíticos Cerebrales

Entre el 22 y el 27 de julio se celebró en Alcorcón (Madrid) el Campeonato de España de Natación de Minusválidos Físicos y Paralíticos Cerebrales. Aunque un poco tarde, creo que merece la pena comentar que en esta edición cayeron cinco récords nacionales. Además este campeonato de España era la última oportunidad para conseguir las mínimas que dan la entrada a la participación en el próximo mundial que se celebrará en Sudafrica entre el 27 de noviembre y el 9 de diciembre. Entre los clasificados se encuentra la nadadora aragonesa, Teresa Perales. Se puede ver un resumen de lo acontecido en la web de Noticias Natación.

Atocha

Esparto (planta)  (Del mozárabe y árabe hispánico, attawca, y éste de la voz prerromana taucia: mata, matorral) (R.A.E)

La Regenta (encuentros y desencuentros novelescos)

La Regenta (encuentros y desencuentros novelescos)

Encuentros y desencuentros novelescos son los que vivimos ciertamente a veces con determinadas personas. Pero yo he tenido, supongo que como muchos, auténticos y muy sufridos desencuentros y/o encuentros con algunos libros, que no se me han olvidado. Quizás el más sonoro, y que cuando se produjo causó estupefacción entre mis amigos, aficionados como yo a la literatura, fue mi originario desencuentro con La Regenta.

Hoy (no sé si hojeando u ojeando) las páginas de la biblioteca Cervantes Virtual he recalado en la edición digitalizada de la edición (perdón) de La Regenta de 1900, que tiene un prólogo fantástico de Benito Pérez Galdós. Dos de mis devociones literarias están así juntas, a mi alcance, en este bendito mundo virtual en el que ahora nos movemos (deben de quedar tan  pocos ejemplares, supongo, que si no fuera por este bendito/maldito universo de Internet posiblemente nunca me hubiera tropezado con uno). Y aunque no es lo mismo, no, que tener el libro entre las manos y acarciar los relieves de los tipos, y oler las páginas, y colocarlo con amor en un estante de la librería, es con todo una satisfacción poder tener conocimiento aquella vieja edición.

Pero entre mi primer aborrecimiento por La Regenta y esta actual devoción hubo "una caída del caballo" que recuerdo perfectamente. La primera vez que intenté leer la novela tenía unos 17 o 18 años. No sé qué me pasó. Clarín, lo reconozco, me pareció un petulante insufrible (lo siento, lo siento). Pero, como otras veces, ha ocurrido, tuve una intuición. No podía ser, no podía ser. Y dejé el libro en una estantería que había colgada en la pared, encima de mi mesa de estudio, siempre cercano a mi brazo extendido. Tarde prácticamente dos años en volver a abrirlo (qué barbaridad). Era un mes de agosto como éste, o parecido. Yo andaba bastante sola por la ciudad, porque era agosto. Y una tarde, lo vi -estas cosas pasan-, vi el libro por dentro. Recordé el principio de la novela, la cogí, y volví a comenzarla y me enamoré: del lenguaje, de la descripción angustiosa de los ambientes sociales de Vetusta, del personaje de Ana Ozores, pero sobre todo del desgarramiento interior tan abismal del Magistral Fermín, al que admiraba por sentir lo que no debía y al que odiaba por ser un ruin cobarde. El Magistral es sin duda un personaje dotado de una complejidad psicológica pocas veces igualada. Hoy, no obstante, la lectura de la novela habría de ser otra, sin duda alguna, pero nunca ya he dudado de ella.

Eso es lo que tienen de bueno los libros. Con las personas es más dificil a menudo reconducir las situaciones mal entendidas en un principio. Tenemos más memoria y somos más reconrosos. Los libros siempre están disponibles.

Y todo ésto viene de alguna manera a cuento del comienzo del prólogo de Galdós para la edición de La Regenta: "Creo que fue Wieland quien dijo que los pensamientos de los hombres valen más que sus acciones y las buenas novelas más que el género humano. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador". Para mi no es un consuelo, pero a veces es un bálsamo.

* La imagen de Aitana Sánchez Gijon en el papel de Ana Ozores viene desde las páginas de la Universidad de Oklahoma (faculty-staff.on.edu)

Atafagar

Sofocar, aturdir, hacer perder el uso de los sentidos, especialmente con olores fuertes, buenos o malos (R.A.E.)

Atabanado

Dícese del caballo o yegua de pelo oscuro y con pintas blancas en los íjares y en el cuello (R.A.E.)

El Adagio de Marcello (Alessandro)

El Adagio de Marcello (Alessandro)

Hace bastantes, bastantes años vimos, no recuerdo en qué cine,  la pelicula "Anónimo Veneciano". Es una película meláncolica, pero optimista, que ya tenía unos años cuando estuvimos viéndola. Narra el reencuentro de una pareja rota, durante el transcurso de un día en Venecia. Son como tres adioses superpuestos. El lento adiós a la Venecia gastada y apenas sobreviviente entre la marabunta del turismo. El adiós que el protagonista, un músico especialista en oboe, vive por sí mismo, puesto que sufre una enfermedad que le ha condenado a una muerte próxima. Y la despedida que rememora la pareja y que vuelve a vivir, ahora de forma definitiva. La nostalgia de lo que vivieron les lleva a recuperar brevemente su amor, que ahora sí que ya no tiene esperanza. Pero es una película optimista, porque el protagonista encuentra razones para enfrentarse al tiempo que tiene por delante y la tarea de realizar el sueño que siempre había tenido: dirigir la orquesta de La Fenice.

Sé que ahora han editado la película en dvd. Pero no la he vuelto a ver. Recuerdo sobre todo atmósferas, emociones, pinchazos de dolor. Ahora todas estas cosas las entiendo mejor. Pero hace años me podían parecer enloquecedoras. Y también recuerdo muy especialmente la banda sonora. Sobre todo, claro, el Adagio del Concierto para oboé en re menor de Alessandro Marcello, muy difundido a raíz de la pelicula. Lo curioso es que pasamos años intentando encontrar discos de los hermanos Marcello. Ahora son bastante habituales. Pero no me lo pareció en aquel momento. Quizás buscábamos mal. Aunque esta búsqueda incluso resultó infructuosa en la mísmisima Londres, donde yo creía que se podía encontrar absolutamente todo lo que uno quisiera encontrar. Al cabo de un tiempo, un día entré en la tienda-quiosco que frecuento desde hace años (me encantan los quioscos de periódicos y demás, y siguen gustándome ahora todavía, a pesar de la cantidad de mercachiflería que ofrecen). Miraba entre las variadas colecciones que ya empezaban a aparecer y en una de música que editaba Ediciones del Prado, recuperando discos del sello RCA Victor, me encontré una selección de conciertos barrrocos entre los cuales se hallaba el de Alessandro Marcello. Llegué a casa envuelta en una nube de magia, muy contenta, muy agradecida a la casualidad, porque además yo quería haber hecho este regalo desde hacía tantos años como habían transcurrido desde que vimos la película.

He seguido muy agradecida luego a la casualidad, porque a partir de entonces empecé a ver discos de Alessandro y de Benedetto Marcello con mucha más asiduidad y facilidad, algunos de los cuales inevitablemente he comprado periódicamente.

* Creo que resultan especialmente evocadoras las sonatas de Benedetto Marcello y son bellísimos los conciertos de Alessandro Marcello reunidos bajo el epígrafe de La Cetra.

Atacir

División de la bóveda celeste en doce partes iguales o casas por medio de meridianos (R.A.E.)

Galicia - arde

No voy a decir nada más. Como a todos supongo, me gustaría saber qué pasa realmente en Galicia con la catástrofe repetida de los incendios forestales. Pero sólo quiero ahora expresar la tristeza e impotencia que siento desde hace días.

Arlote

Holgazán, bribón / Descuidado, deseaseado en el vestido y porte (R.A.E.)

El descreido Francisco

El descreido Francisco

El 25 de agosto de 1936 el abuelo Paco perdió la fe. Toda la fe. No sólo la fe católica en Dios, o la fe más sencilla en que habrá un amanecer tras otro. Lo que el abuelo Francisco perdió para siempre en esa fecha fue la fe en general, la fe en el hombre, en la vida, en Dios por supuesto, así a lo grande. Se le volaron las certezas. Para un hombre de campo, rutinario como los ciclos de las cosechas, tan apegado a la tierra que jamás hundió ni un pie en el agua del  río que bañaba su huerta, perder así algo como la propia fe tuvo que ser terrible. Y la culpa de ese desastre inevitable la tuvo mosén Pablo, el mismo que unos años antes les había casado a él y a la abuela en la iglesia del pueblo, tan desmesurada para lugar tan pequeño. De esa misma iglesia le vio salir el abuelo bien de mañana aquel día, fusil en mano, el rostro enrocado en la sombra, y el paso sin dudas. Por la  noche el abuelo se había quedado por completo sin fe.

  El abuelo Paco tuvo siempre escasas palabras y paulatinamente se escondió en su profunda sordera para hablar aún menos. Menudo, se movía ágil por los senderos que caminaba junto a su mula y entre los surcos que abrigaban las cosechas de tomates, lechugas tiernas o revoltosas judías y suavísimos pepinos, y que su mujer  llevaba, llegado el tiempo, a los mercados de los alrededores. Aunque los más apreciados de su huerto eran los perales, a los que él cuidaba como a sus seis hijos, o mejor. Los ojos agrisados del abuelo Paco descansaban pocas horas, y sus manos redondetas portaban muchas y encallecidas grietas, debidas a la presión contra la azadilla y el astral. El abuelo había sido de pelo más bien castaño. Pero se le volvió como el nácar el mismo día que perdió la fe. Nunca le vi sin boina. Y era más testarudo que su mismo animal.

 Su tozudez sin límites le llevó a permanecer durante años y años en un lugar que dejó de existir en los mapas y al que la luz eléctrica no llegó nunca. Rechazó todas las oportunidades que se le brindaron para abandonar el pueblo donde había nacido, menos la última. A esa ya no pudo negarse, porque la casa donde vivió siempre había empezado a caerse a pedazos y él se había vuelto un viejo sordo como una tapia y casi inútil y la abuela, bregada en mil caminos y plazas, apenas podía moverse sin ayuda de su orondo sillón de mimbre escachado. Allí ya no quedaba nadie más. Sólo en ese momento accedió a trasladarse a otro pueblo cercano y civilizado, donde estaba el gran palacio, entonces deshabitado y medio en ruina, del que había sido señor de todas las tierras del contorno, y al que el padre del abuelo había comprado el pedazo donde estaba la huerta exactamente el año de mil novecientos, el mismo en que él nació, con el siglo, como le gustaba decir. De todas formas, la derrota le había aplastado mucho antes, cuando se le esfumó la fe y no pudo encontrar razones otras suficientes por las que habría merecido la pena vivir puesto que se iba a morir de todas las maneras

Si no hubiera sido por mosén Pablo la guerra hubiera pasado de largo por aquel lugar casi etéreo, y también la muerte. De hecho, alguna vez llegaba una compañía de soldados, que pernoctaba en el pueblo, situado en la cima de una empinada colina, que les dejaba a buen resguardo y les aseguraba una fácil defensa. Cuando llegaba uno de estos destacamentos, se organizaba siempre un cierto revuelo y una inevitable inquietud se instalaba en todos los dormitorios, en los que no se apagaban las lámparas de petróleo hasta que apuntaba el sol. Pero nunca volvió a pasar nada después de aquel día, en el que el abuelo Paco se tornó un descreído. Por eso, aun en plena guerra, todos los habitantes del pueblo seguían cuidando de sus huertas, junto al río, con cotidiana tranquilidad. Una de las visiones más amadas por el abuelo era esa de su pueblo, contemplado desde abajo, arropado por el rumor del río, mientras él descansaba a la hora de la comida, y sobre todo en verano, porque el sol lo hacía resplandecer como si estuviera suspendido en el propio cielo, ese que en Aragón en tiempo claro es de un azul larguísimo y eterno. En aquellas ocasiones, el abuelo respiraba profundo, y a pesar de no conservar ya fe ninguna, conseguía dormir a pierna suelta una gozosa siesta sin fantasmas.

 El abuelo Paco fue toda su vida un hombre recto, si bien de una honradez antigua y de una moral rancia y estragada, que la fe no consiguió arrastrar tras ella cuando le abandonó. Vivió entre el pozo del corral y el cielo que alcanzaba a través de las ramas de sus frutales. Con los ojos entornados para  no ver tantas cosas que no entendía. El abuelo jamás creyó, por ejemplo, que un hombre hubiera pisado la luna, y ya la radio le pareció siempre muy poco de fiar. Para él, el mundo andaba tripa arriba, enrrabiado como una cucaracha que no pudiera retomar el rumbo. Y estuvo así desde aquel mismo día en que mosén Pablo bajo del púlpito a la calle y tomo un fusil.

Los soldados del ejército sublevado habían llegado la noche anterior al pueblo. Era la primera vez que venían. Nadie sabía muy bien a qué atenerse. En mitad de la oscuridad, el hermano pequeño del abuelo llegó a la casa.  Se marchaba. Por si acaso. Había vuelto de Zaragoza a los pocos días de estallar la guerra. Era un buen trabajador de la azucarera de Miraflores. Pero había andando desde hacía tiempo en una organización anarquista, y ahora, con los soldados en el pueblo, quién sabía lo que podía pasar. Al abuelo todas esas cosas le caían como muy lejos. Y, sin embargo, ya no durmió y a las cinco se preparó para bajar a la huerta. Amanecía cuando cruzó la plaza, por delante de la puerta de la iglesia, y vio a mosén Pablo. ¿Dónde vas, Paco? Al campo, como siempre. Más te vale, le lanzó el cura. Y cuando enfiló la última casa del pueblo, pudo ver a mosén Pablo juntarse a un grupeto de soldados. Al regresar, por la tarde, el cuerpo muerto de su hermano, casi sin rostro, yacía junto a la fuente de la plaza. No le dejaron pararse ni llevárselo a enterrar  hasta el día siguiente. Para entonces, el abuelo, sin saber cómo, ya había perdido la fe.

* Este es un cuento que ya publiqué hace tiempo en El Cronista de la Red. Se me ha ocurrido copiarlo aquí a resultas de un post de Antón Castro sobre el aniversario del asesinato de Ramón Acín y de los comentarios a ese post. Es una historia de las muchas que hubo por aquello días.

*La ilustración es la que acompañaba también al cuento en El Cronista y la hizo Chema Lera

El concierto de Chucho Valdés (el grande)

El concierto de Chucho Valdés (el grande)

El viernes por la noche fuimos con unos amigos al concierto que Chucho Valdés ofreció en el patio del Centro de Historia de Zaragoza. Chucho Valdés, el grande. Creo que el patio del Centro de Historia es un lugar de querencia para el cierzo, que parece siempre arremolinarse en él con insistencia. Quiero decir que hacía fresco –después de tantos días de sofocación incensante-. Pero todo el mundo aguantó entusiasmado hasta el final, incluido el superlativo bis con el que los músicos del cuarteto de Chucho Valdés nos obsequiaron.

El hijo de Bebo Valdés es grande, ciertamente. Físicamente es grande. Artísticamente, creativamente, mucho más. Es un consumadísimo pianista de jazz – de hecho ha sido considerado entre los cinco mejores pianistas jazzisticos del mundo – y un acertadísimo director de músicos. Era una delicia verle marcar los tiempos y las entradas y los cambios de ritmo a sus músicos, retarles, animarles a superarle. Cada instrumento –la fastuosa batería, el lujo de unas kongas a las que no creo que se les pueda sacar más partido, el equilibrado bajo- estaban en su sitio, resaltando cuando debían y encumbrando al piano de Chucho Valdés cuando así les correspondía.

El registro interpretativo de Chucho Valdés parece además extensísimo, como así lo acredita, por otro lado, su discografía. Dueño de una fértil sabiduría que combina la interpretación detallista con la improvisación original, las piezas que interpretó el cuartero que él encabeza resultaron tan deliciosas como inteligentes, animadas muchas veces por la alegría y por la melancolía de los ritmos afros.

En fin, que disfrutamos como enanos y que, a pesar del catarro de algunos y los malestares de otros, e incluso de la espontánea portadora de una bandera cubana que no paró de atronar con sus gritos durante todo el concieto, fue una noche para recordar durante mucho, mucho tiempo.

 * Chucho Valdés tiene una página oficial muy bien construida y muy cálida, llena de evocadoras fotos, videos, en la que se cuenta su biografía, su discografía y en la que se reproducen algunas piezas musicales. Muy recomendable.

Argadillo

Devanadera / Persona bulliciosa, inquieta y estremetida / Armazón o fábrica del cuerpo humano / Cesto grande de mimbres. (Procede de un diminutivo del latín ergáta, que a su vez deriva del griego ergástes) (R.A.E.)

FotoPoemas de Fernando Sarría y Malatorre

FotoPoemas de Fernando Sarría y Malatorre

Desde hace un tiempo, el blog poético de Fernando Sarría viene mostrando una serie titulada FotoPoemas, construidos gracias a la colaboración entre el fotógrafo Miguel Angel Latorre (Malatorre) y él mismo. La generación de mixturas artísticas tiene tan larga tradición que ya es una forma clásica de abordar la realidad y transformarla en un discurso estético y reflexivo. La ventaja de las propuestas artísticas conjuntas es que el espectador cuenta con dos formas diferentes, con sus distintas técnicas lógicamente, complementarias o no, desde los que realizar su propia lectura. Y eso sin duda le proporciona más y mejores instrumentos.  Cuando la aportación de materiales y técnicas de disciplinas artísticas distintas proviene además de dos autores diferentes, el territorio que se le abre al espectador aumenta su amplitud y también su profundidad de sensaciones y de reflexiones.

 

En este caso de los FotoPoemas de Malatorre y Fernando Sarría asistimos a una experimentación que va alcanzado cada vez más pie y se va asentado en un ámbito que entre ambos van generando  paulatinamente. Son, como ellos mismos han definido “el ojo silencioso y la palabra ciega”, que se proponen uno a otro, mutuamente, como campo de  trabajo y de experimentación. El resultado alcanza a menudo una dimensión poética (generadora de una realidad diferente a la primitiva realidad de la que se parte) fuera de toda duda, y que además aporta líneas de belleza que conmueven inevitablemente, porque inquieren sobre los temas esenciales, porque interrogan intensamente sobre las cuestiones más perentorias de la condición del hombre, sin rodeos.

 

 Esta colaboración – ni ciega ni muda- había comenzado ya anteriormente y puede verse en los libros electrónicos que cuelgan de la galería fotográfica digital de Malatorre: Venus, Agua parada y Palabras para el amor. Lo próximo  que va a llegar al blog de Fernando Sarría es una serie de estos FotoPoemas de tema marino.

* Tomo prestada la fotogafía de Malatorre desde el blog de Fernando Sarría (y así la hago un poco propia y añadimos otro nuevo signficado)