Barrueco
Perla irregular (R.A.E.)
Perla irregular (R.A.E.)
Cuentan en televisión que mañana Fredy Mercury, ya legendario y admirado en la posteridad, todavía amado por muchos, hubiera cumplido sesenta años. Fredy Mercury anunció su muerte cuando le dijo al mundo que padecía sida. Se fue enseguida. Como algunos otros mundialmente conocidos, Mercury se convirtió también en un símbolo de la necesidad de detener el avance de la enfermedad, no sólo en el ámbito sanitario, sino igualmente en el terreno de la exclusión social. Porque hay que recordar que en aquellos años el sida era una enfermedad casi tabú. Posiblemente porque en occidente, en los inicios de su aparición y expansión, se cebó con especial saña en los colectivos más marginados socialmente. Entre ellos el colectivo gay. Muchos recordamos amigos que también se fueron. Algunos en completo silencio. Por eso he querido volver a pensar en voz alta estas cosas. Y pensar igualmente en voz alta que si, afortunadamente, en los países occidentales el sida está más controlado que antaño - aunque no se pueda bajar la guardia-, sigue siendo una epidemia furibunda en otros lugares del mundo, especialmente en Africa.
Infierno de los condenados por Dios (del latín barathrum y éste del griego baraqron)
Entre la música que más veces escuchamos estos últimos días anda un disco que por momentos me gusta más: "Gold Ballads" de Scorpions. Yo conocía alguna canción de las que incluye este disco, pero la verdad es que casi todas están a gran altura. No sé por qué muchas de las más bellas baladas de la música del siglo XX han salido de la inspiración musical de grupos de heavy metal como éste de Scorpions, germanos ellos. Y yo tengo que reconocer que, sin menoscabar algunas canciones de puro heavy metal que son sencillamente geniales ("Smoke on the water, Depp Purple, sin ir más lejos, por ejemplo), siempre me ha gustado más la vertiente meláncolica de estos grupos. Porque hay que reconocer que las baladas heavy son de las más meláncolicas baladas que en el universo musical han sido. Siempre mantendré en la memoria azul de la adolescencia las interminables tardes tormentosas escuchando "Stairway to heaven" de The Zeppelin; entonces me parecía la canción más desgarradora que había oído nunca, aunque es cierto que la letra y la música parecen describir un viaje con "Lsd" o cualquier otra sustancia similar. No importa, es magnífica y es portadora de un verso estremecedor : "Our shadows taller than our soul" ("Nuestras sombras más altas que nuestra alma").
* La imagen es la de la portada del disco "Gold Ballads" de Scorpions.
Como la lenta lluvia morada del otoño
por tu piel profundiza el olvido,
y se quedan tus ojos ausentes de repente
como mirando nada.
Si pierdo la memoria,
¿a dónde acudo?.Conocimiento práctico de las sendas, atajos, caminos, ríos de un país (R.A.E)
Bolita que algunas comunidades usan para votar (del francés ballote) (R.A.E.)
No he estado nunca en Argentina. Por lo que he visto y me han contado es, sin duda un país hermoso. Un país en el que la gente se ha acostumbrado a luchar mucho. Tengo una amiga, Anamá Martínez, que vive en Colón, en la provincia de Entre Ríos. Las fotos que conozco de la ciudad y de los parajes de la provincia enseñan una enorme belleza y, yo diría, una buena dosis de armonía. Por lo que me cuenta, mi amiga ama su ciudad y su entorno. Pero estos días mi amiga anda con desasosiego, rabia y justificada preocupación porque el futuro de su hija está en juego. Entiendo la desesperación de mi amiga. Ella ha escrito una carta a los amigos, a las instituciones y a los medios de comunicación. Quiero resumir la situación.
Mi amiga tiene una hija con discapacidad motriz severa, que debe recibir varias terapias para continuar con su rehabilitación, para procurarle el mejor futuro posible, el mayor grado de realización individual y de integración social. Estas terapias corren a cargo de una entidad de obra social, denominada PAMI. Pero no las presta en la misma ciudad donde viven mi amiga y su hija, en Colón. La hija de mi amiga debe desplazarse dos veces por semana a la localidad de Gualeguaychú. Este desplazamiento lo realizan con una compañía de transportes que debía pagar PAMI. Digo debía, porque al parecer PAMI no ha abonado a la compañía sus servicios y ésta ha dejado de prestarlos. La severa discapacidad motriz que sufre la hija de mi amiga les impide desplazarse en el transporte público. Con lo cual, la hija de mi amiga se queda sin poder recibir sus prestaciones. Que no son pocas: kinesiología, terapia ocupacional, terapia del lenguaje y fonoaudiología, fisioterapia, comunicación alternativa, psicomotricidad y psicología, además de su apoyo escolar personalizado. En fin, un desastre. Lo peor de todo es que mi amiga sospecha que en todo ésto no hay sino una maniobra intimidatoria contra ella, porque denunció hace un tiempo un intento de soborno del que fue víctima hace varios meses. Como ella bien dice en su carta, "el hilo se corta por lo más fino, es decir, los derechos de mi hija, ampliamente avalados por toda una legislación y que sin embargo se niegan sistemáticamente a los afiliados con discapacidad de, por lo menos, esta costa entrerriana".
Esta es una de esas situciones concretas que se producen a diario en el ámbito de la discapacidad. No sé cómo explicar la angustia que puede producir a una familia no saber si su niño con discapacidad va a poder continuar en su avance o no, va a poder llegar a desarrollarse integrado en la sociedad o no. Pero hay muchos en muchísimas partes del planeta que ni siquieran tienen acceso a las terapias y para los que la integración es un concepto absolutamente inexistente. Y no todas pertenecen al llamado "tercer mundo".
(Mientras termino de subir este texto, recibo un nuevo correo de mi amiga: todo sigue igual, o peor. Porque ante sus acciones de protesta, muchos padres de su región y de otras le han escrito contándole también de todas sus carencias, de su desesperación por no tener ayudas para las terapias, de no tener ni siquiera los pañales necesarios...)
* La fotografía es una paraje de la zona de Colón Entre Ríos, y proviene de la web ColonEntreRíos.net
Como ya he visto, oído o leído en el día de hoy varios merecidos homenajes a Glenn Ford, fallecido ayer a los 90 años, sólo quería pensar en voz alta que no deja de resultar curioso y azaroso que, entre las miles de imágenes conservadas del actor y sus más de doscientas películas, aquello que todos guardamos sin duda en la retina y la que le lanzó realmente al estrellato, fue esa escena de la bofetada a Gilda, en la que a él, en ese mismo momento, ni se le ve la cara.
Escobón para barrer las eras (R.A.E.)
No la vio porque subió al tren a la una de la madrugada y a esas horas nuestros ojos sólo ven aquello que nos enseña la luz eléctrica, que es una luz sin sombras. Se arrellanó en la butaca de segunda clase y dejó que el sueño fuese entrando en su cabeza, respirándolo dentro del vagón en penumbra. Siguió sin ver nada. No miró. No quería pensar. Iniciaba un viaje incierto, cuya primera parte concluiría en la frontera. Hasta allí aún habría posibilidad de vuelta, quizás. Aunque la sentía como una posibilidad remota. A la frontera estaba previsto que llegarán justo al amanecer. Unas pocas horas, por tanto. Se durmió finalmente, cortando amarras, cansado y confiado. Tanta gente en el tren le hacía sentirse uno más de los en tránsito, le daba seguridad, un sitio al que pertenecer. Despertó justo unos minutos antes de pasar la línea fronteriza, cuando paró el tren. Miró por la ventanilla, los ojos pegajosos, heridos por el sol naranja y bajo. Parpadeó y en ese momento sí que la vio. Vio a su sombra, que había venido con él, descendiendo del tren y emprendiendo el camino de regreso a casa.
* © fotografía Marta Pereyra, a la que agradezco que me preste una de sus muchas y hermosas fotografías: Fijaciones
Como, supongo, es ya conocido el pasado viernes, 25 de agosto, la ONU aprobó el borrador del texto de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, tras ¡cinco años! de negociaciones entre los delegados de los países miembros. El texto todavía deberá ser aprobado por la Asamblea General en el próximo periodo de sesiones. Así que el camino ha sido muy, muy largo para llegar a consensuar una declaración de reconocimiento de situaciones y derechos que, sin embargo, debería ser obvio. Y no ha terminado. Aun cuando la Asamblea General de la ONU apruebe este texto, luego tendrá que ser ratificado por cada uno de los países que se decidan a adecuar su normativa y legislación al articulado de la Convención.
Como todos, yo me felicito por este “logro”, aunque la mayor parte de los colectivos afectados coinciden en que la Convención no recoge todas las exigencias planteadas por ellos. Pero es la primera vez –aunque resulte increíble- que el derecho internacional se dota de un instrumento de este calibre en el campo de los derechos de los discapacitados. Eso ya es importante.
Que hasta este momento no se haya producido un consenso internacional sobre las problemáticas, discriminaciones y derechos de las personas con discapacidad indica con claridad el escaso grado de conocimiento y reconocimiento de las sociedades de las condiciones vitales de estos colectivos. Seguramente habrá que insistir mucho más en ello. Decirle una y otra vez a la sociedad que las personas con discapacidad también están aquí, y que si no se las ve mucho no es porque sean unos poquitos, es porque no existen los medios adecuados para que sean más visibles y participen más en todas los ámbitos y tareas sociales.
Creo que algunos datos, desnudos y ciertos, serán de momento suficiente:
La ONU cifra en 650 millones de personas el número de las que sufren algún tipo de discapacidad, es decir alrededor del 10% de la población mundial.
El 80% de las personas con discapacidad vive en países en desarrollo
La discapacidad alcanza tasas más altas entre la población con menor nivel educativo: un 19% frente al 11% de quienes disfrutan de mayores logros educativos.
El 20% de la población más pobre del mundo sufre discapacidad, según datos del Banco Mundial.
El 30% de los jóvenes que viven en la calle son, según UNICEF, discapacitados.
La mortalidad entre los niños con discapacidad, en los países en que la mortalidad de niños menores de cinco años ha disminuido por debajo del 20%, alcanza sin embargo el 80%.
Una encuesta realizada en Orissa (India) constató que casi todas las niñas discapacitadas habían recibido palizas; un 25% de las mujeres con discapacidad intelectual habían sido violadas y el 6% esterilizadas a la fuerza. Añado de forma particular que estos problemas también existen en países del entorno occidental.
El 90% de los niños con discapacidad no asiste a la escuela, según la UNESCO.
La tasa de alfabetización de los adultos con discapacidad es del 3%, que desciende al 1% en el caso de las mujeres.
El desempleo entre los discapacitados alcanza un 80%. Las personas con discapacidad en edad de trabajar son casi 400 millones en todo el mundo.
Los datos son elocuentes. Y lo son muchas situaciones cotidianas que hacen muy complicada y limitada la vida de muchas personas con discapacidad. Iremos hablando de ellas. Aunque ciertamente que los países occidentales, con todo, tienen una serie de medidas ya adoptadas que hacen más fáciles las cosas. Pero, si aun en ellos existen problemas, imaginemos lo que sucede en la gran mayoría de zonas del mundo.
Puede seguirse una síntesis de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad en la página de la ONU: http:www.un.org/spanish/disabilities/convention/convention.html. El texto completo del borrador en http://www.un.org/esa/socdev/enable/rights/ahc7report-s.htm
* La imagen alegórica sobre la discapacidad aparece en muchos sitios dedicados al tema. En este caso viene de la web de la Fundación Once.
Cesta de mimbre o de carrizo (americanismo) (R.A.E.)
“El pintor de batallas” es un libro terrible. Es un libro-espejo, un libro que contiene la historia de la Historia, las historias irredimibles que han generado la irredimible Historia.
Habrá lectores que pulularán con ojos muy abiertos sobre la urdimbre del comportamiento de los profesionales de la información en las guerras, en las situaciones extremas en las que los hombres sólo pueden ser encarnadura y ácido. Y esta novela de Arturo Pérez Reverte incluye entre sus lecturas ésta de la reflexión sobre la “ética” del fotógrafo de guerra, robador de almas y cuerpos atormentados, sacrílego al fin y al cabo, aun siendo, como es, necesario emisario, expuesto él mismo a ser profanado y anatemizado por todos.
Pero no creo esta vertiente la fundamental de la novela. La historia del fotógrafo de guerra, reconvertido en pintor para alumbrar la batalla que explique todas las batallas y sus causas últimas, y su encuentro con el soldado a quien en una fotografía le fue robada el alma y la vida son la cimentación de una larga, seria, incisiva, descarnada y arriesgada pregunta sobre la generación del “mal” y del dolor en la naturaleza, por tanto entre los hombres.
Muchos libros y muchas palabras ha habido sobre este tema-vida a lo largo del tiempo de la historia. La novela de Pérez Reverte aporta su absoluta contemporaneidad a la forma de interrogar sobre este asunto. Su carencia de respuestas reales. Su descarnado reconocimiento de que es el hombre con su inteligencia el que, no sólo no evita ni procura paliar ese dolor que se integra en el devenir natural del planeta, sino que contribuye superlativamente a él precisamente utilizando en ello su inteligencia.
Es ésta una reducción al absurdo del comportamiento humano. Pero es un comportamiento real. El arte de la pintura, con su geometría, su perspectiva, podía antaño maquillar este universo cruel. Pero no lo hace la fotografía en su instantaneidad y proximidad al acontecimiento exacto. La fotografía no puede explicar causas por tanto, parece reflexionar el autor. El pintor de batallas retorna a la geometría para encontrar esas explicaciones. Pero la geometría es también una trampa. El efecto mariposa incluye su geometría. El azar y el caos contribuyen a amplificar los efectos de la acción de la inteligencia humana, y también obedece a una críptica geometría.
Aunque lo parezca en la superficie no es ésta una novela distinta a las escritas anteriormente por Pérez Reverte. Como bien él mismo ha dicho, es la novela que explica todas las anteriores. Lo que ocurre es que ésta vez no hay circunloquios, no hay adornos, no hay ni un solo paño caliente. No sé si es la mejor, como ha dicho algún crítico; tampoco las he leído todas. Pero seguramente sea la que apuesta más fuerte. Pérez Reverte ha trabajado en ella sin red.
“El pintor de batallas” es un libro terrible. Su lectura no deja respirar. Porque si todo obedeciera a la razón natural habría quizás alguna escapatoria. Pero si la inteligencia humana se inserta en el ápice de esa ley natural y los resultados de todo ello son los que son, no hay sentido posible más que el que es: caos, dolor, muerte.
Al final del libro no hay grito, no hay exabrupto, sino un inmenso y último silencio.
* La imagen representa la escena del "Sueño de Constantino", fresco de Piero della Francesca, en la Basílica de San Francisco, en Arezzo (Toscana, Italia) (1466)
Tu frente languidece bajo mi mano
y arde. No dejaré que pasen las serpientes.
No habrá más pesadillas.
Fíjate en mi sonrisa, tras ella
viene el mundo con su luz,
con sus ruidos y toda la ignorancia
necesaria para lo que sabemos.
Yo cuidaré de ti. Seré constante.
Protegeré tu frente pesarosa
contra el sueño violeta de la tarde
y el insistente eco en arco iris de cientos
de canicas contra el suelo.
Será mi mano fresca y luminosa
como un jardín recién amanecidoPerinola, peonza pequeña (R.A.E)
Paja larga de los cereales después de quitarle el grano (R.A.E.)
Yo sé que hay lugares y playas más hermosos. Pueblos más adornados o de calles más bellas. Sé que hay sitios insólitos y escondidos donde anidar en la naturaleza. Sé que no es el mejor pueblo del mundo. Pero Cambrils es algo más que un lugar de veraneo. Por lo menos para muchos que hemos hecho de esta tópica villa de playa (sobre todo entre los aragoneses) algo más que ese tópico. Cambrils es un pueblo vivo, verano e invierno. Con gente tremendamente hospitalaria en verano y en invierno. Como en todas partes, en Cambrils ocurre cosas buenas y malas, y como en todas partes en este territorio penínsular, tan codiciado en sus orillas, ocurren desmanes urbanísticos. Sin embargo, el puerto conserva una de las líneas de costa urbana sin duda más bellas del litoral mediterráneo. Ver atardecer en Cambrils , el sol bajando las montañas y las fachadas marinas en sombra, mientras el mar carraspea satisfecho, es uno de los placeres que siempre se recuerdan luego, tierra adentro -y eso que sobre el padre Ebro suceden algunos de los anocheres más tremendamente maravillosos que yo he contemplado nunca-.
Agosto no es el mejor mes para vivir en Cambrils. El pueblo y el puerto están mucho más hermosos en primavera y en otoño. Y el sol y el mar son más generosos entonces con quienes nos acercamos en cuanto podemos a pisar estas arenas de lento hundimiento. Hay mañanas de marzo a mayo tan esplendorosas a la orilla de las aguas que una quisiera echar raíces junto a uno de los juncales que todavía se conservan. En esas mañanas de playas casi desiertas y viento fresco se agradecen los bancos del paseo frente al mar -blancos como las velas de los barcos- donde ramonear y pasar con lentitud las hojas de los periódicos. O se agradece pasear casi en soledad por la larga costa, lentos pasos bajo la luz que canta melodías alegres y meláncolicas, como una sonata barroca. Y cuando el invierno se acerca, con amenazadora oscuridad, Cambrils se convierte siempre en sinónimo de claridad, de horizonte abierto, de cálidos mediodías al carasol del jardín.
En Agosto todo ésto es más dificil. El olor a sal se confunde con los afeites, los bálsamos, las cremas. El ruido de las olas se sumerge bajo la bullanga de las voces francas y radiofónicas, bajo los motores de los automóviles, de sus atronadoras y desagradables bocinas. Hay demasiada paella y demasiada sangría. Demasiada sombrilla multicolor. Sin embargo siempre quedan rincones menos accesibles en los que poder quedarse a solas, o en buena compañía, con las amigables olas mediterráneas, con las hileras de suaves barquitos que asoman constantemente por el horizonte, con tu mirada de nuevo abierta al mar. Y siempre es posible también acercarse al mar al atardecer, cuando la mayoría de la gente prefiere perderse en tiendas y otros quehaceres, y esperar a que el sol se encienda tras los montes para luego, parsiomoniosamente, emprender el regreso a casa.
Es un tópico, ciertamente, hablar del tiempo mítico de los veranos de la niñez. Verano azul* (con perdón). Y por eso mismo me andaba reprimiendo e intentaba escapar de esta tentación que desde hace días me persigue impeliéndome a recordar los interminables días de aquellos veranos, vida a manos llenas. Pero hoy, durante la indolente hora de la siesta – ¡santa mandra del migdia!, chillonas voces infantiles estallaban jubilosas en la lejanía de la modorra contra el claroscuro entornado de mi semiinconsciencia. Y ya no he podido resistirme.
Todos sabemos que en la infancia los días de verano duran cuatro veces más que en la vida adulta. De niños, el horizonte del fin de verano está siempre lejano y da tiempo de hartarse de horas y horas propias por entero. Tanto que al empezar septiembre una, por ejemplo, podía incluso sentir cierto apetecimiento por el comienzo del curso escolar, que siempre venía con olores, tan nostálgicos como prometedores, del papel recién tintado de los libros nuevos o del plástico de las carteras y los estuches de lápices. Hasta ese momento, cada día había sido una promesa completamente virgen de aventura y descubrimiento desorganizado, que pellizcaba nuestra curiosidad con gozosa alegría e impaciencia por la exploración de territorios que todos los años aparecían como nuevos, renovándose a nuestro mismo ritmo de crecimiento personal.
Oyendo como desde muy lejos las voces de los niños vecinos, esta tarde he reconocido las más lejanas voces de mis compañeros de juegos a la misma hora de la siesta, ansiosas por terminar con el silencio y el descanso que imponían los adultos, bulliciosas por las calles de la ciudad que en aquellos tiempos de la memoria todavía podían ser recorridas sin tutela. Los niños de ciudad, hijos de asalariados, pasábamos buena parte del verano en esas calles –con el breve intervalo del viaje a los pueblos paterno y materno, mayormente al materno-, a las que hacíamos escenario de cuántas historias y juegos se nos ocurrían.
Todo solía comenzar en la noche de San Juan, en los días anteriores, con la peregrinación de puerta en puerta que hacíamos los chicos y chicas, divididos en estratégicos grupos, en busca de muebles viejos o cualquier tipo de madera o leña con las que se pudieran armar las hogueras de la mágica noche. En mi barrio éstas se prendían en una gran explanada sin construcciones que quedaba justo en frente de mi edificio, al otro lado de la avenida. La tira de petardos valía una peseta. La cena se hacía con las ventanas abiertas, dejando que penetrase en la casa el olor a pólvora y la música callejera. El verano había empezado. Las aventuras estivales daban comienzo.
Una de las misiones más apetecida era explorar la casa de la bruja, situada en la parte de atrás de la manzana de edificios en la que habitábamos casi todos los críos y crías de aquellos veranos, y nuestra exploración, pertrechados de palos, espadas (palos más sofisticados), sombreros, pócimas mágicas que fabricábamos con regalices y sidrales y guardábamos en frasquitos de colonia, llegaba hasta rincones realmente peligrosos en aquella casa en ruinas. Otro reto era atravesar la avenida por el subterráneo de la estación de metro, lo que nos permitía ampliar así nuestro territorio sin violar la orden de adulta de no cruzar la calle. En ese mismo subterráneo del metro erigíamos campamentos de exploradores a base de apuntalar nuestros impermeables, que sacábamos de casa a escondidas, junto a cartones (y nadie, cuando pasaba por delante, decía nada). Las niñas jugábamos a la “goma”, pero también participábamos con los chicos en largas y enconadas batallas de agua (los de la parte baja de la calle contra los de la parte alta): ¡el agua la recogíamos en tiendas y locales, cuyos dueños y dependientes nos la suministraban sin rechistar!. Y ya a punto de finalizar la jornada, casi todos los días, empezaba la competición del salto de pelota que había que botar contra la fachada de uno de los edificios a un altura cada vez mayor –conseguimos algunos que la pelota superara ampliamente la altura del primer piso y saltar sobre ella limpiamente cuando caía al suelo.
También había tardes melancólicas de lluvia y de tormenta. Para esas estaban los libros y los programas infantiles a partir de las seis.
Es indudable que los días de playa, de montaña o de viaje del verano adulto contienen buena parte del territorio mítico perdido de la niñez. Año tras año representamos la renovada recuperación de libertad de antaño, formulamos con fe el conjuro que nos devolverá al tiempo sin tiempo de entonces, invocamos la pausa que nos situará frente a un espejo en el que siempre nos reconoceremos.
*”Verano azul” es el título de una famosísima serie española de tono familiar y algo melodramática, que cuenta las aventuras y desventuras de una panda de críos durante un verano en la costa del sur de España. Se estrenó hace unos treinta años, creo. Es la serie que más veces se ha repuesto en televisión en España. La dirigió Antonio Mercero, como todo el mundo en este país sabe.
*La fotografía retrata un rincón tranquilo de las playas de Cambrils (Tarragona)
Ramera (R.A.E.)